sábado, 1 de marzo de 2014

Chávez, un año después



Soledad, loneliness, solitude, einsamkeito, oдиночество, , عزلة. En español, inglés, francés, alemán, ruso, chino y árabe el significado es el mismo y el sentimiento también. La entrada al antiguo Museo Histórico Militar, hoy Cuartel de la Montaña 4F, lugar de reposo de los restos del Comandante Eterno y Supremo de la Revolución Bolivariana, Hugo Rafael Chávez Frías, está desolada. 

En una calurosa mañana dominical de comienzos de febrero, un reducido grupo, no mayor a 30 personas, espera a la sombra cómodamente sentados y comiendo helados, a que el grupo que le precede, de número no mayor, concluya el recorrido por las instalaciones del museo, lugar de reposo del extinto presidente venezolano. Las multitudes que vi el año pasado en el Paseo Los Próceres no están. La larga hilera de presidentes, jefes de Estado, delegaciones diplomáticas, empresarios e invitados especiales no está. Los equipos técnicos y corresponsales de prensa, nacionales y extranjeros no están. El enjambre de  vendedores de gorras, franelas, afiches, fotos, cd´s y cuanto perolito tuviera la foto de Chávez no está. Su familia tampoco está. Solo un efectivo militar levanta una barra para dar acceso a aquella desolada plaza en donde arde una flama en cuya base se puede leer: “El amanecer de una esperanza 4 de febrero de 1992”.
Minutos antes yo había ingresado a la estación del Metro Chacaito proveniente de casa de unos amigos en Chulavista. Imaginen, salir de unos de las zonas más exclusivas de Caracas para dirigirme hacia uno de los sectores más deprimidos de la capital, Catia y el 23 de Enero, sectores harto conocidos por mí pues allí me crié y transcurrió parte de mi adolescencia hasta que me fui a estudiar periodismo en la cuna del comunismo, la Unión Soviética.
Por simple curiosidad pregunté a tres personas en qué estación debería quedarme para ir a La Montaña, y las tres personas pensaban que yo quería ir al Teleférico para subir al cerro El Avila. ¡Perdón!, ahora se llama Guaraira Repano. Con la llegada de la Revolución Bolivariana cambiaron hasta la orientación del caballo del Escudo Nacional (hablo de la orientación de dirección, no de orientación sexual).
En la estación del Metro Chacaito funcionan las escaleras mecánicas de bajada, no las de subida. Personas de la tercera edad suben las escaleras poco a poco, haciendo pausas para coger impulso. La cola para vender los boletos es larguísima, así que decido ingresar por la compuerta para la tercera edad, si tienes pelo canoso no pagas en el Metro. Bajo las escaleras manuales, las cuales evidencian desgaste en su peldaños, y percibo un fuerte olor a orines. Me sorprende la oscuridad en pasillos y andenes. Las líneas amarillas que indican la orientación de la cola serpenteante para ingresar al vagón casi han desaparecido y las lozas de caucho negro que cubren los pisos están desgastadísimas y sucias. Recuerdo cuando abrieron, en período de prueba, la primera línea entre Agua Salud y Pro Patria. Aún conservo mi ticket con la inscripción “Mi primera visita”. En aquella época, apenas unos veintitantos años atrás, las estaciones eran super limpias, los vagones relucían, nadie comía, nadie corría, había mapas del Metro en cada vagón y se escuchaba música clásica bajito, era otra Venezuela, era nuestro orgullo. Hoy, es el Metro de Caracas.
Al llegar a la estación Capitolio subo buscando la transferencia hacia El Silencio. La estación es un caos. Al proyectista se le ocurrió construir la transferencia de tal manera que todos los ríos de gente se confluyen en un solo lugar y pareciera una competencia de carritos chocones.
Mientras camino por el largo túnel siguiendo la corriente de aquel rebaño humano, llama poderosamente mi atención un enorme afiche que reza: “La harina no es Pan, es de maíz”. Delante y detrás de mí hombres y mujeres desvían la vista si alguien circula en sentido contrario con bolsas contentivas de Harina Pan.
Subo por la escalera mecánica que afortunadamente sí funciona, y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro en un ambiente hostil. Buhoneros, mercancía hasta en las paredes, basura, más basura, paradas de autobusetas full de gente haciendo colas, música a todo volumen, más y más basura. Este era mi ambiente en la juventud, ahora me aterra. Conozco perfectamente la parada de las camionetas que están al lado de las escaleras de El Calvario y que me llevarán hasta el Museo Militar, pero decido buscar un mototaxista. Prefiero lidiar con un solo hombre, cambiando mi manera de hablar, que soportar la agonía de un trayecto de 15 o 20 minutos a bordo de una unidad que puede ser asaltada por delincuentes en cualquier momento. Lo encuentro en la pared del liceo Fermín Toro junto a otros motorizados, todos vistiendo chalecos de seguridad reflectivos y debajo franelas rojas. Al conocer mi destino se alegra, tanto por la ruta corta como por el pago, 50 bolívares fuertes one way.
Fiel a las costumbres venezolanas, chofer y pasajero inician una conversación que en la mayoría de los casos termina con intercambio de números telefónicos. Primero, porque los venezolanos somos parlanchines y constantemente hacemos catarsis, echando p´a fuera nuestras alegrías y penas. Segundo, porque el chofer desconfía del pasajero tanto como éste desconfía del conductor. Ahora hasta las mujeres embarazadas roban a mano armada, no se puede fiar de nadie.
-¿Y qué? ¿Cómo está la cosa por aquí? ¿Es seguro subir p´a la montaña? ¿No nos van a robar por el camino? ¿Será que podré sacar mi cámara? Pregunto de entrada.
-Hasta La Montaña no hay rollo, de ahí p´a rriba es que se pone pelúa la cosa. Responde el mototaxista mientras echa un vistazo a su celular, acaba de entrar un sms. Nuestros mototaxistas pueden manejar, responder mensajes de texto y tomarse una cerveza, todo al mismo tiempo.
-¿Y por qué? ¿Acaso con Chávez enterrado aquí no hay vigilancia? Inquirí.
-Que va!!! Aquí no entra la policía. Ahora que se acerca el aniversario del anuncio es que se ve la Guardia Nacional, pero no suben p´a donde yo vivo, en El Observatorio, allá manda el Colectivo La Piedrita, a esos les tienen culillo. Cada día hay un muerto, pero por estos días andan tranquilos.
-¿Y Los Tupamaros no los enfrentan? ¿Yo creía que eran los guardianes del 23?
-Nada de eso, mi bella dama. Los Tupamaros son unos niños de pecho al lado de La Piedrita, y cada uno cuida su territorio.
Le pido que después del túnel se detenga para tomar mi primera gráfica. De un viejo edificio de comienzos de siglo XIX tan solo queda el cascarón, a un lado, a lo alto, está el Cuartel de La Montaña.
Capto un video del recorrido. En el 23 de Enero no ha cambiado nada, tan sólo ha sido maquillado. Los bloques, pintados durante la primera gestión del Alcalde Antonio Ledezma se ven deteriorados. Bolsas de basura vuelan desde las ventanas y van a parar a los estacionamientos. Las ratas corren por las alcantarillas y hasta cruzan las calles. Las casas, unas sobre las otras, todas con sus frentes pintados de colores pero sus laterales y posteriores de ladrillos color ocre, bordean el camino. Talleres de latonería, pintura, aceite y grasa se suman al panorama. Hay super bloques, como su nombre los describes, y bloques pequeños, todos asemejan cajas de fósforos con múltiples ventanas junto a cada una de las cuales está instalada una antena de televisión satelital. A un costado de cada bloque pequeño la mirada de Chávez pintada bajo el número del bloque: 17, 18, 19.
Transitamos al lado de un estadio de béisbol con grama nueva y maquinaria pesada estacionada alrededor del diamante. Hoy es domingo, día libre.
La motocicleta entra en una especie de semiredoma en donde a finales del año pasado había varios puestos de venta de souvenires, todos alusivos a Chávez. Hoy no hay ninguno, y los kioskos están cerrados. Al fondo varias licorerías abiertas en donde hay un enjambre de motos estacionadas. Sus dueños, botella de cerveza en mano, escuchan una salsa sabrosita de Olga Tañón. En un costado de la semiredoma un parque infantil muy bonito, con grama artificial y juegos infantiles muy bien cuidados. Más allá, la cuesta en donde se desparraman los ranchos, casas de ladrillo una sobre otra y a lo alto de un cerro un enorme tanque de agua de color blanco con la mirada de Chávez.
El chofer cruza el volante hacia la izquierda y entramos en una callecita con piso de cemento y caico. Las maticas que no pueden faltar en los porches de las casas, las rejas en cada ventana, un mural enorme con la inscripción “Hasta siempre Comandante”, un taller de herrería en donde un hombre con un esmeril corta varias láminas de metal produciendo un ruido ensordecedor, una casa con las puertas abiertas y en su interior una especie de consultorio con piso de mármol blanco, y de último la barra que levanta un soldado de boina roja para dejar pasar a los visitantes a una especie de estacionamiento amplio, la antesala al Cuartel de la Montaña, un fuerte militar de color amarillo bordeado por una pared del mismo color con sendas rejas precedidas por un enorme 4F en color rojo y una flama encendida.
El lugar está desierto. Al fondo, del lado izquierdo, una especie de refugio en donde se encuentran sentadas unas 30 personas, entre niños y adultos. El sol de las 11 de la mañana es amable en Caracas, nada parecido al de Maracay, pero igualito pica en la piel. Los visitantes comen helados que vende un señor, el mismo que vende unos cuantos souvenires, todos con la cara de Chávez, algunos con Fidel, uno con el Ché Guevara.
Tomo mis primeras fotos con recelo, en estos tiempos las cámaras son mal vistas. Nadie reacciona de manera negativa, pero por si a las moscas adopto aptitud de turista, pongo cara de pendeja.
Aparece en una de las enormes rejas un señor de civil, quien muy cortésmente invita a entrar. Muchos se enojan porque los helados y las bebidas son prohibidos. Una señora se queja groseramente porque tiene que desechar su helado. Una vez adentro la imponente estructura militar y el sendero de las banderas. Antes de iniciar el recorrido nos detenemos en una pequeña caseta en donde dos guías del Instituto Nacional de Turismo nos dan la bienvenida y nos regalan una calcomanía al tiempo de preguntar sitio de procedencia. Escucho la lista de ciudades: Puerto Ordaz, Mérida, Puerto Cabello, Caracas, Maracay, La Habana, entre otros.
En la primera estación, justo al inicio del sendero de las banderas, la guía, una muchacha morena de unos 22 años, echa su primer discurso: “¡Lucha, batalla y victoria! El Cuartel de La Montaña abrió sus puertas por el año 1906, siendo la primera academia militar, después fue Ministerio de la Defensa, después Museo Histórico Militar y después fue Museo Bolivariano y actualmente lugar de tributo y honores a nuestro máximo líder, Hugo Chávez. Este bosque de banderas representa a los 33 países en representación de la Celac, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, ese gran sueño que tenía nuestro Libertador, que lastimosamente no lo pudo realizar, sin embargo lo consolidó nuestro Comandante Chávez a través de esos grandes proyectos internacionales como lo es la Celac, el Alba, la Unasur, Petro Caribe, que más que cualquier alianza lo que buscan es la unión y el fortalecimiento de toda la región”.
La segunda parada es ante una enorme campana y un cañón con balas de salva que es disparado cada día a las 4:25 minutos, en recuerdo de la hora en que, según anuncio oficial del presidente Nicolás Maduro, falleció en el Hospital Militar de Caracas víctima del cáncer el ex presidente Hugo Chávez.
Enfilamos nuestros pasos hacia la entrada de la edificación. Un enorme portón de madera a dos hojas de par en par da acceso a un pequeño zaguán que desemboca en un salón, en cuyo centro puede observarse,  custodiado por cuatro húsares, un sarcófago en mármol negro en el centro de una plataforma en forma de flor rodeada por agua, a este monumento se le llama La Flor de los Cuatro Vientos y fue diseñado por el arquitecto venezolano Fruto Vivas.
Detrás del sarcófago puede verse la nueva imagen del Libertador Simón Bolívar, elaborada en computadora con base en su calavera, datos recogidos cuando su sarcófago fue abierto por órdenes del extinto presidente Chávez. Del lado izquierdo cuelga un enorme retrato de Chávez en uniforme militar, tal y como lo vi en su féretro el año pasado, y del lado derecho otra foto en donde viste camisa blanca con rayas azules.
Detallo el sarcófago desde mi posición, mientras que la guía se detiene a mitad del zaguán para leer la inscripción en una de las paredes. Se trata de las palabras que pronunció Chávez la mañana del 4 de febrero de 1992, en los famosos 30 segundos que lo catapultaron a la gloria, en donde llamaba a sus compañeros de armas a deponer las armas una vez frustrado el golpe de Estado contra el difunto presidente Carlos Andrés Pérez. Todos escuchan en silencio. Se pueden tomar fotos sin flash, nada de video.
Al pasar al salón principal los visitantes se organizan en fila india para subir a la plataforma por el lado izquierdo, bordear el sarcófago y hasta tocarlo. Hasta este punto la sobriedad y la etiqueta eran la pauta, pero al darse cuenta que pueden tomar fotos con el sarcófago de fondo, asumiendo cualquier pose o actitud, los visitantes inician una sesión de fotos, olvidándose de la guía que espera a las puertas del salón de la derecha.”Tómame una, tómame otra… esa no me gusta, quedé fea”. Morisquetas con las manos en los más jóvenes, poses de modelo en las adolescentes, cada foto acompañada de sendas sonrisas. Yo también aprovecho y me tomo la mía.
Al pasar al lado del sarcófago detallo una cajita blanca, parecida a un termostato, con pantalla digital ubicada justo en la cabecera. La pantalla indica cuatro cifras: 52 y 55 arriba, 21 y 23 abajo, si la memoria no me falla. Trato de tomarle fotos, pero mi cámara indica que la memoria está llena y no tengo tiempo para liberarla, que mala suerte, además, siento miradas poco amables sobre mí provenientes de los custodios.
La sesión de fotos de los visitantes se prolongó durante todo el recorrido por los dos salones que flanquean el sarcófago. Ya nadie escuchaba a la guía, todos querían una buena pose y una buena foto al lado de cualquier gigantografía expuesta en ambos salones. Yo aprovecho para borrar algunos videos y liberar memoria.
En el salón de la derecha gigantografías de la vida familiar de Chávez, abrazando a su mamá, a las hijas habidas en sus dos matrimonios, en ninguna lo veo con su hijo Hugo. Sendas fotos de su infancia y carrera militar. En el salón de la izquierda fotos de su vida como líder político, como Presidente, abrazando ancianos, cargando niños ajenos, durante triunfos electorales, acompañando trabajadores petroleros y en la tarima durante el cierre de campaña electoral en la Avenida Bolívar, en donde pronunció su último discurso político bajo un torrencial aguacero a pesar de lo avanzado de su cáncer y su deteriorado estado de salud. El año pasado yo estuve en esta sala y recuerdo haber visto una fotografía del actual presidente Maduro, en esta oportunidad ya no estaba.
Los custodios de la milicia bolivariana vestidos de uniforme beige, en su mayoría chicas, se prestan tanto para tomar fotos como para acompañar a los fotografiados, todo mundo en La Montaña quiere ser protagonista y centro de atención.
El recorrido va en especie de semicírculo alrededor del sarcófago. Nuevamente ante la Flor de los Cuatro Vientos aprovecho para tomar las últimas gráficas del sepulcro, mientras dos cubanos me piden que les “tire una foto”. Yo tomo su cámara y hago ademán de lanzarle el aparato, acción ésta que despierta risas pues en Venezuela el verbo “tirar” tiene dos connotaciones: lanzar o deshacerse de un objeto, y fornicar.
El recorrido concluye en el interior del museo-mausoleo, no así la sesión de fotos. Ahora le corresponde al cañón que vimos de entrada y la campana. Junto al cañón un efectivo de la Milicia Bolivariana de apellido Requena explica con verbo revolucionario que el cañón diariamente es disparado en memoria del Comandante Supremo y que la milicia está lista y dispuesta para disparar mil cañones en contra del imperialismo y la oposición. Acto seguido posa junto turistas para la foto de recuerdo. Yo también me tomo mis fotos tocando la campana y apuntando con el cañón.
Los cubanos y yo somos los últimos del grupo. Ellos me toman fotos a mí y yo se las tiro a ellos. Al cañón se acerca un miliciano de apellido Castro y se identifica con el grado de Coronel, asegurando haber conocido en persona al Comandante y haber viajado con él en varias oportunidades.
Nos hace preguntas, en especial a mí. En su mirada veo una sombra de sospecha. Intercambiamos opiniones. Según él, en el 2002 también estuvo en Madrid, en el mismo periplo que hice yo junto al Presidente, pero no estuvo en el Samán de Güere cuando Chávez salió de la cárcel, en el año 92, yo sí. Le gané una y su mirada se suavizó.
Con determinación el coronel Castro apunta hacia el cañón, formula una pregunta que él mismo responde: “¿Sabe hacia adonde apunta ese cañón? Hacia el este”. Me mira esperando una reacción. Con incredulidad formulo una pregunta ¿Y por qué hacia el este? A lo que el miliciano responde en tono amenazante: “Porque allá viven los ricos, los imperialistas, la oposición. A partir del lunes esos desgraciados sabrán lo que es bueno”. Yo vuelvo a preguntar ¿Y qué va a pasar el lunes? El militar responde: “La ofensiva contra la guerra económica que ellos mismos montaron”.
Me tomo una foto con Castro y regreso por mis pasos hacia la salida. Recorro la callecita de casas pintorescas y murales alusivos a Chávez, llego a la plaza, tomo más fotos y me monto en una camioneta que me deja detrás del Palacio de Miraflores. Bajo en dirección de la estación del Metro El Silencio y sorteando montañas de basura llego a la Avenida Baralt, cruzo en dirección a Metro Center y entro al Centro de Economía Comunal Manuelita Saenz para comprar un bolso que necesito. Aquel mercado de pasillos angostos y serpenteantes está full de mercancía. Los mercaderes, en su mayoría mujeres, no se mueven de sus asientos a pesar de la presencia de un comprador. Veo un bolso que me gusta y tengo que buscar al dueño del artículo para saber el precio. La vendedora, de unos 35 años, me atiende de manera amable. “Vengo de la montaña”, le comento en busca de conversación. Ella me mira incrédula, sin comprender el porqué de mi alegría. Se mira de reojo al espejo y frunce el ceño, tiene dos sendos cauchos y una barriga cervecera. “Yo tengo tiempo que no subo al Avila”, me replica. “No chica, no vengo del Avila sino del Museo de La Montaña, en donde enterraron a Chávez, ¿tú has ido?” Le respondo. “No, y eso que el año pasado yo trabajé en La Bandera y bastante mercancía que vendí”. Yo la miro, ella me mira.
-¿Y por qué no has ido a verlo? ¿No votaste por él?, Pregunté.
-Yo voté por Chávez en todas las elecciones, en todas, pero no he tenido tiempo para ir. Además, ese no está enterrado allá, ahí lo que está es un muñeco-, respondió de tajo dándome la espalda para dar por concluida la conversación.
Regreso a El Metro, a esa ciudad subterránea que antes era otra Venezuela, en donde la gente cambiaba hasta su forma de andar y que ahora es tan insegura como cualquier barrio o urbanización.
Tratando de organizar mis ideas perdí la noción del tiempo y espacio y casi por inercia me bajé justamente en la estación Plaza Venezuela. Salí a la ciudad y me encontré con la metrópolis amable de mis años estudiantiles. El Boulevard de Sabana Grande, rescatado y remozado por PDVSA La Estancia, hierve de gente. Toda Caracas se da cita en sus calles perfectamente remodeladas, con ornato de lujo, grandes sombrillas de diseños aerodinámicos ofrecen no sólo una vista maravillosa sino cobijo contra el candente sol. En la calle de los artesanos, sobre enormes mesones, el turista y el local pueden encontrar hermosas piezas del arte popular. Músicos, payasitas pintacaritas, malabaristas, pintores, declamadores y payasos interactúan con los transeúntes. Por momentos me transporté al Gambla Stam de Stocolmo en donde en la década de los 80 bailaba y cantaba para ganarme unos centavos en verano. Me sentí alegre, dichosa. Hay cosas buenas que ha hecho el Gobierno chavista y ésta es una de ellas.
Amante de los espectáculos circenses, me detuve para deleitarme con el espectáculo del Payaso Tachuela, “porque así le puso su abuela”, un excepcional artista de acento oriental que me hizo reír con cada una de sus ocurrencias. Mientras reía con Tachuela miraba a lo lejos al señor que baila con una muñeca de trapo que lleva sujeta a sus zapatos. La muñeca tiene un enorme trasero que mueve al ritmo de la música mientras su dueño la recuesta a los hombres que miran el espectáculo.
Todos a mí alrededor reían. Era una tarde de sol radiante y amable brisa. Por segundos levanté la vista para mirar hacia el reloj de la torre de La Previsora. 4:25 de la tarde. Justo en ese mismo instante, desde La Montaña en el 23 de Enero, Requena y Castro disparaban el cañón con dirección este y no pude dejar de pensar en que me encontraba justamente al este de su posición, en medio de un boulevard rescatado por el Gobierno Bolivariano para beneficio del pueblo, de todo el pueblo, chavistas y opositores.

“No es lo mismo visitar otros países que visitar Venezuela, el que venga se conseguirá una batalla, una batalla de ideas, una batalla social. No solo la belleza del Amazonas ni de las mujeres se podrá ver, sino que podrá ver en vivo una revolución”, palabras de Chávez en la Feria Internacional del Turismo 2010.

miércoles, 5 de febrero de 2014

4 de febrero, 22 años después








"Miriam, Miriam, levantate, están tumbando al Gobierno!!!". Hace 22 años los gritos de nuestro vecino, José Refofo, arrebato a mi hoy difunta madre de los brazos de Morfeo. Desde nuestro humilde hogar se escuchaba el retumbar de los cañones. Al salir a la calle vimos una hilera de tanquetas que transitaban por la Avenida Sucre en dirección al Palacio Presidencial de Miraflores. De inmediato mi madre corrió al teléfono y llamo a mi madrina de agua, quien trabajaba en Miraflores y vivía justo al lado del mismo. Al otro lado del hilo telefónico ella hablaba entrecortado, lloraba presa del pánico pues había logrado refugiarse junto a su mama, la señora Lucila, debajo de la cama. Efectivamente, se estaba concretando una intentona de golpe, esa seria la madrugada que cambio al país. La crónica completa de lo que viví ese día la publique días después en el diario El Clarín de La Victoria y hace algunos días que quería revivirla para publicarla en mi blog http://www.cronicasp.blogspot.com, pero el día a día se comió mi tiempo. 

Ayer, 4 de febrero salí de casa temprano, y como ya se hizo costumbre después del ataque del que fuimos víctimas y en la que mi hijo recibió varias puñaladas, revise la calle para cerciorarme que no hubiera ningún motorizado a la vista. Y pensar que me mude de Caracas buscando la tranquilidad de la provincia. Al salir a la redoma del Toro, en Maracay, me sumergí en ese río de agresividad en la que se han convertido nuestras vías, en donde los motorizados son los amos y señores, los taxistas se comen la luz verde, y las camionetas de lujo te violan por detrás cuando te llegan de cerquita para que les dejes el canal despejado, quítate que aquí vengo yo. Desde la semana pasada los sistemas bancarios de internet se fueron de rumba y ninguna transacción fue posible durante el fin de semana. El lunes pase todo el día en los bancos sin lograr desbloquear varias tarjetas de misteriosamente se bloquearon, y el martes al llegar a las puertas de uno de los pocos bancos que aun presta un buen servicio, a las 7 de la mañana ya tenia por delante unas 100 personas. El venezolano, como siempre hablador, descarga en la cola sus frustraciones, los temas giran en torno a un mismo tema: "Nos hemos convertido en el país de las colas... paciencia, paciencia, paciencia... no hay leche, la harina pan la venden en Apure en 50 bolos... en Margarita no hay que comer ni medicamentos... a mi hijo lo asaltaron ayer... a mis vecinos les dispararon la semana pasada para robarles la computadora del carro, porque como ahora no hay repuestos, los ladrones buscan los chips y computadoras para arreglar sus carros o revender las piezas... aquí se va a formar un peo... aquí no va a pasar nada, eso es puro cuento... pero tenemos Patria!!!". La puerta del banco se abre y de entrada la maquinita me entrega el 922, osea tengo 22 personas por delante. Me atendieron a golpe de 12 del mediodía pues en el banco no funcionaban ni las impresoras, algo así como una operación morrocoy. Un gentío sacando sus reales, otro gentío gestionando su cupo de dolares. El descontento, la arrechera en los rostros, pero todo mundo murmura quedito, si se levanta mucho la voz no lo atienden. El simple cambio de mi tarjeta de débito y verificación de datos me llevo toda la mañana. La señora que me atiende ni siquiera me mira a la cara, ni un simple buenos días. Observa la pantalla del computador, responde el teléfono y hasta envía mensajes por el celular. Verifica mis datos y dispara una pregunta: "Y usted, a que se dedica?" Mierda!!! pienso y tartamudeo al responder no vaya ser que meta la pata: "Yo soy periodista de profesión, pero ya no ejerzo... soy una superviviente". La mujer me mira por primera vez y me vuelve a preguntar: " Y usted no trabaja?" Yo le respondo: "A veces si, a veces no. Tengo registrada mi empresa para mis trabajos de traducción, pero el Gobierno paga tres o cuatro meses después de prestado mis servicios, si, definitivamente soy una superviviente. Una vez en la calle el sol se espepitó, los termómetros marcaron los 33 grados. Camino rapidito, igual que todo mundo. Como los pájaros miro de lado y lado, desconfío hasta de mi sombra, de la misma manera como todos desconfían de todos. El señor que se gana la vida cuidando carros me advierte sobre un sujeto con moto y chaleco de mototaxista. "Quédese un ratico aquí, no me la vayan a robar", me advierte. Recibo en mi celular un mensaje con código internacional que reza: "Llámame urgente", me cago, coño, quien se murió? me pregunto. Horas después me entero que varios conocidos y familiares recibieron el mismo mensaje, con códigos internacionales diferentes, pero al tratar de responder el numero es invalido. Las largas colas en el trafico acaban con mis nervios, pues a la agresividad de los conductores, el calor, los huecos, se le suma el miedo de que te asalten. En cada establecimiento tengo que hacer cola. Cola en la ferretería, cola en la carnicería, cola hasta para ir al baño. Entro al Central Madeirense, los anaqueles full de productos de una misma denominación, me acuerdo de la Unión Soviética, mi gran escuela de vida. Un movimiento me indica que al fondo del supermercado sacaron un producto de primera necesidad, la gente corre sin mirar hacia adelante sino hacia la pantalla de sus celulares, enviando mensajes "vénganse, llego la harina, la leche, la margarina, el aceite". En segundos el supermercado se abarrota de gente y se activan los mecanismos: una parte de la familia ocupa el sitio en la cola para pagar mientras las otra ocupa la cola para recibir dos kilos de harina pan por persona, o dos kilos de leche en polvo, o dos perolitas de margarina. Se saltean en las colas, de manera que puedan ir y venir de la cola de la caja a la cola del reparto, toda una demostración de coordinación. Aprovecho para pasar por el taller para saber si ya llegaron los repuestos para reparar los frenos de mi carro y chequear el tren delantero, pues las vías son un desastre, ya no circulo de noche, no solo por la inseguridad sino por la enorme cantidad de huecos que impiden circular con tranquilidad. Los repuestos llegaron, pero el presupuesto es de paro cardíaco y deberé madrugar mañana para ocupar la cola. Cansada, exhausta, después de todo el día hacer colas, voy a buscar a mi hijo a la universidad, no puedo pagar el transporte que los saca de la UBA. Muchos muchachos prefieren pagar transporte con personal armado dentro, que salir con sus vehículos de la universidad, pues ya no corren el riego de que les roben el carro, sino que los secuestren para pedir rescate. Antes de llegar a casa damos varias vueltas verificando que no hay delincuentes a la vista y de manera rápida abrimos el portón para ingresar a nuestra fortaleza, rodeada de cables de alta tensión y rejas, seguridad reforzada por mis agresivos perros. Prendo la tele y veo las noticias, todas relacionadas con el 4 de febrero. El país en calma, no pasa nada, estamos de fiesta nacional, en la Serie del Caribe el Magallanes lo está haciendo del carajo. Si yo fuera El Diablo diría que la final será entre Venezuela y Cuba, pero soy una simple mortal que cree en Dios. Como es costumbre, prendo mi laptop y me sumerjo en el facebook, luego voy a youtube y por mera casualidad hoy teclee la palabra VENEZUELA y encontré esta maravilla, http://www.youtube.com/watch?v=N0tjGG84Dww&feature=share, una pieza que me hizo respirar profundo, que me lleno los ojos de lagrimas, que me hizo pensar en los miles de compatriotas que están en cada rincón de este hermoso planeta y en los otros tantos que como yo seguimos en este barco, soportando la tormenta. Recordé una máxima del Comunismo Científico que reza: En las contradicciones existe desarrollo" y tuve la certeza de que en las crisis los pueblos se hacen grandes, efectivamente Venezuela ya no es la misma, ni los venezolanos tampoco, hemos aprendido que mediante la solidaridad las familias encuentran los productos, se ayudan cuando uno de sus miembros es robado y dejado en la calle sin un centavo para comer, que aprendimos un poco de humildad, que ahora nos pasamos información de cualquier cosa, no nos guardamos nada, ayudamos al vecino, estamos pendiente de que de su seguridad depende la nuestra, y sobre todo, que nada cambiara hasta que no cambiemos nosotros mismos, que no vendrá un mesías a dar un golpe de Estado y que ya no creeremos en cuentos de pajaritos preñados. Venezuela es grande y hoy mi crónica es para ella, para sus paisajes, su clima, sus riquezas que son nuestra desgracia, pero sobre todo para toda su gente. VENEZUELA TE AMO!!!!!!

lunes, 11 de marzo de 2013

Dos segundos de adiós para Chávez


Soraya Borelly Patiño

Uno, dos. Preparaba mi tercer paso ante aquel féretro, alzándome en puntillas para lograr ver a través del cristal, cuando una mano masculina me tomó del brazo suavemente haciéndome avanzar, gesto acompañado de una súplica que se repetía una y otra vez a mis espaldas como una letanía: “Todos quieren verlo”.

El implacable sol que durante dos días achicharro mi piel, cuarteo mis labios, me baño en sudor una y otra vez, hacía más intenso el rojo de la alfombra que indicaba el camino desde la entrada al salón El Libertador de la Academia Militar de Venezuela hasta el sitio donde en capilla ardiente el cuerpo inerte del presidente Hugo Chávez Frías esperaba los honores del pueblo venezolano.
La fila humana se dividía en dos al inicio de aquella alfombra, un sendero hacia la izquierda, el otro hacia la derecha. Al ingresar al recinto la larga hilera humana se inmutaba. Ya no había cansancio, sed, comentarios, cantos, risas, ni llanto, tan sólo un profundo silencio en una procesión individual de unos 20 pasos hasta el ataúd color roble.
Yo tomé la hilera de la derecha. Cuatro húsares regiamente uniformados de rojo con botas negras hasta las rodillas y enormes gorros, también negros en forma tubular con flequillos en la parte superior, flanqueaban en perfecta posición de firme los cuatro costados del féretro, a los pies del cual en una urna de cristal resplandecía la espada de El Libertador Simón Bolívar y detrás sendos arreglos florales de gladiolas, azucenas y orquídeas moradas que destacaban por su imponente elegancia y frescura. 
La flama de los cirios no resaltaba, su mortecina luz se perdía con el resplandor del sol de la tarde, pero llamó mi atención la estela de lágrimas de cera que de ellos colgaba.
Sobre el féretro una bandera tricolor con sus ocho estrellas blancas. La tapa abierta y el cristal impecable, era prohibido tocarlo. Más allá un enorme crucifijo y justo al lado una foto en la que se veía al difunto Mandatario orando, aferrado a un hermoso Cristo. Al lado de la foto, como una esfinge, mirando hacia el cristal, el teniente Juan Francisco Escalona, el último edecán del fallecido Presidente.
A la izquierda de la sala Nicolás Maduro, para ese momento  vicepresidente de la República, ocupaba una silla en primera fila, ataviado con un traje profundamente negro. De hombros caídos y manos entrelazadas, la vista  perdida en el mármol del suelo. Varias sillas a su alrededor estaban vacías. Mientras lo miraba supuse que su mente estaba navegando en un remanso de recuerdos. Adivinar sus pensamientos era imposible, pero su semblante era un libro abierto con páginas y más páginas de desolación y dolor.
Mis pasos me acercaban al final de una jornada que se había iniciado el miércoles 6 de marzo con los primeros rayos del sol. Por mera casualidad había llegado a Caracas la tarde del martes 5 y al entrar a la casa de mis difuntos padres,  mi hija mayor salió a mi encuentro disparando la noticia que apenas se estaba produciendo: “Murió Chávez”. Juntas corrimos al televisor. En la pantalla Nicolás Maduro en cadena nacional anunciaba: “A las 4:25 p.m. ha fallecido el comandante presidente Hugo Chávez”. Desde ese momento mi meta estaba trazada: estaría allí, en su funeral, sería testigo en primera persona, no permitiría que nadie me lo contara.
Dos días después, jueves 7 de marzo a las 2:25 p.m, estaba a punto de estar por tercera vez ante el féretro del Presidente Chávez, las dos veces anteriores fueron durante el recorrido final del cortejo fúnebre en el paseo Los Próceres. En dos oportunidades rompí el círculo de seguridad y pude fotografiar y tocar el ataúd, cubierto de ropa, gorras, zapatos, banderas, pancartas, afiches, consignas y flores.
Cada paso sobre la alfombra roja era un segundo, pues la guardia presidencial no permitía que nadie detuviera la marcha. Había vivido momentos de emociones intensas junto a un pueblo que luchaba por ingresar al recinto en donde me encontraba. Pasos atrás la multitud se apretujaba, desmayaba, gritaba, sudaba, daba el todo por el todo por ver a su líder. Delante de mí hubo quien gritó consignas, se persignaba, lloraba y hasta conversaba con el difunto en voz alta.
Yo caminaba hacia el féretro cuando en un segundo recordé una velada vivida cuatro años atrás en aquel mismo salón, durante la visita que dispenso a Venezuela el entonces presidente ruso Dimitri Medvedev. No había lugar a dudas, el féretro estaba ubicado justo en el sitio donde se dispuso la mesa presidencial en aquella cena de honor. Nuevamente miré hacia Maduro,  estaba sentado en el mismo lugar en donde al final del acto protocolar Chávez le entrego a Medvedev unas maracas, y mientras el presidente criollo cantaba, su par ruso maraqueaba, ambos reían y bailaban al compas de una parranda de tambores, una de las múltiples ocurrencias del controversial mandatario venezolano que quedaron grabadas en mi inseparable cámara.  
Aquel recuerdo se borró de mi mente al tener al presidente Hugo Chávez Frías allí, ante mis ojos. Su ataúd color roble, la tapa abierta estaba cubierta de una tela de seda color crema y el cristal también tenía tocados de seda formando un marco que se fundía con el blanco que recubría el interior del féretro. Entre tanta blancura, como si se tratara de nubes de algodón, yacía aquel hombre robusto, quien aunque acostado parecía estar de pie. Su piel era color grisácea, sutilmente maquillada como si se preparara a ser entrevistado en televisión. Sus labios juntos, perfectamente delineados, sin vestigios de rigidez en sus comisuras. Sus parpados cerrados, ocultando el bulto de unos ojos que daban la impresión de mirar hacia adelante, trascendiendo tiempo y espacio. Su sien completamente relajada, en paz  con todo lo circundante y sus cachetes ligeramente rosados, gorditos, rellenitos, no se abultaban con el cuello, pues su cabeza estaba perfectamente alineada con su cuerpo. La verruga, colindando con la boina roja que ocultaba parte de su frente y debajo de la cual sobresalía  un poco de cabello color negro. Toda una estampa de solemnidad, serenidad, magnificencia.
                                        Foto: Cesar Bracamonte
Fue justo en esos dos segundos en los que tan sólo pude balbucear las palabras que el mismo estampo al dorso de una fotografía que nos tomamos juntos al pie del Samán de Guere en Maracay, en el año 94, y que en 2004 le enseñe en una fría madrugada primaveral en el Palacio de la Moncloa durante su gira por España.
-¿Se acuerda de este día, señor Presidente?
-Como no acordarme. El Samán de Guere, lugar de descansó del Libertador, el remanso del guerrero, el inicio de este largo camino de luchas- respondió pasando su brazo sobre mi hombro.
-Yo era reportera de TVS cuando usted me declaró en El Panteón, el día que salió de la cárcel, y le prometió a los aragüeños que lo primero que haría, sería ir al Samán de Guere- agregué.
Miró la foto largamente en silencio, moviendo sus labios de un lado a otro.
-¿Y quien es la otra muchacha que nos acompaña?-interrogó rompiendo el silencio.
-Es Lilina, una periodista maracucha, tengo muchos años de no verla.
-Aaaaahhhh!!!!- balbuceo- Cuantos años han pasado, cuantos caminos recorridos-, agregó.
-Para ese entonces usted estaba más delgado, señor Presidente-, inquirí con picardía.
Mirándome fijamente con una sonrisa burlona, me respondió cerrando uno de sus ojos como apuntándole a un chigüire.
-Y usted estaba más joven.
Juntos reímos. Yo le lancé una recta, él conecto un hit. Tomó un marcador de tinta negra y escribió al dorso de la fotografía: “Con infinitos recuerdos. Chávez”.  

Retrato colectivo

Mis pasos se enfilaron hacia la salida de la sala mientras andaba con paso lento trataba infructuosamente de congelar mentalmente aquella imagen, aquellos dos segundos ante Chávez. Al sentir el sol nuevamente sobre mi piel quemada regresé de ese letargo momentáneo y hablé en voz alta, preguntándome cómo estaba vestido, tan sólo recordaba  la boina roja.
No tardaron en escucharse respuestas a mí alrededor, y poco a poco media docena de voces me ayudaron a reconstruir su vestimenta.
-Estaba vestido de militar-, dijo una señora.
-Viste un traje verde, con sus insignias-, replicó un señor de edad.
-Tiene camisa blanca y corbata negra, quedó bien bonito-, agregó una joven.
Un militar que mostraba a la hilera humana el camino hacia la salida terminó por aclarar la estampa del difunto: “Viste un uniforme militar de gala verde oliva. Se trata del uniforme presidencial especial con dos bolsillos superiores. El Comandante se lleva su portanombre, sus insignias, la banda presidencial y los distintivos de las Fuerzas Armadas Bolivarianas (FANB) y de paracaidistas. En el cuello tiene laureles dorados y en los hombros  dos laureles con el sol rojo que lo identifica como Comandante en jefe de las FANB”.
- También lleva  el collar que le ponen a los presidentes- replicó un joven soldado.
- Quedo hermoso, bellísimo. Por fin me puedo p´a mi casa, ya vi a mi comandante-, agregó una anciana que arrastraba unos desgastados zapatos al andar. Llevaba en sus manos una bolsa de plástico llena de botellitas con agua, pedazos de empanadas, arepas y lo que parecía ser un pequeño monedero. Llevaba puesta una franela roja con la consigna de la pasada contienda electoral “Chávez corazón del pueblo” y en su frente una banda también roja con la nueva consigna “Yo soy Chávez”.

Caldo rojo en ebullición

“Y bajaron, con su bandera y su conciencia. ¡Bajaron! A defender su voluntad. ¡Bajaron! Contra el fascista y el traidor, armados de Constitución, por ti, por mil, por los que despreciaron, se encontraron, en una prueba de amor. El pueblo noble y luchador por Venezuela y por su honor, van al compas y con fervor a rescatar con hidalguía a Hugo Chávez Frías el Comandante de la Nación”. El tema Y bajaron  del Frente Revolucionario de Cantores retumbaba en el paseo Los Próceres de Caracas desde las 8:00 a.m. del miércoles 6 de marzo.
En la  víspera, Nicolás Maduro había dictado la agenda de los tres días de duelo que inicialmente fueron establecidos para rendir homenaje al presidente Chávez.
La orden inicial de los voceros del Gobierno fue concentrarse en todas las plazas Bolívar del país y a las puertas del Hospital Militar, en la avenida San Martín, desde donde el miércoles a las 10:00 a.m., saldría el cortejo fúnebre hacia La Academia Militar. Allí, los restos del fallecido Presidente reposarían en capilla ardiente para que su pueblo pudiera despedirse.
La situación de inseguridad que se vive en Venezuela en la actualidad ha hecho una costumbre obligatoria el recogerse temprano y no salir de noche, así que opté por quedarme en casa, ahorrando fuerzas para los días por venir. Aún no había amanecido cuando tomé una humeante taza de café, bajé a la avenida Sucre a comprar los periódicos del día, documentos históricos que pasarán a engrosar mi hemeroteca personal.
El sol por estos días sale temprano, ardiente desde los primeros rayos. El día prometía ser caluroso, en extremo sofocante. Las calles del oeste de la ciudad capital, bastión chavista por excelencia, lucían vacías, con muy poco tráfico.
Portando tan sólo una pequeña cartera y vistiendo lo más cómoda posible, busqué un moto taxi para hacer el recorrido del cortejo fúnebre. Desde la avenida Sucre la motocicleta enfiló hacia El Silencio. Transitamos a un costado del Palacio Presidencial de Miraflores en cuyos alrededores reinaba la calma, incluso, no estaba cerrado el paso vehicular. Al llegar a la Plaza Oleary pude observar movimiento militar y policial, pues la avenida San Martín desemboca en dicha emblemática plaza, encrucijada de vías que unen el oeste con el centro, sur y el este capitalinos. Bajamos hacia el antiguo Cine Metropolitano y nos dirigimos hacia la avenida Baralt. Justo en la esquina con la Plaza Miranda la concentración policial y militar se evidenciaba aún más, la gente ya se estaba agolpando en las esquinas y desde los balcones solo se divisaban las cabezas de quienes buscaban un lugar en primera fila para presenciar el paso del cortejo fúnebre.
En la Plaza Miranda se adelantaban a toda marcha los preparativos para el armado de una tarima. Para cuando la motocicleta inicio su recorrido por la avenida Lecuna, nutridos grupos de guardias nacionales y policial municipal portando equipos antimotines y armas de fuego ya estaban tomando posiciones en las esquinas. Al frente del Cuerpo de Bomberos ya se habían instalado sendas tarimas, pantallas gigantes, sonido y la presencia policial y militar era mayor.
Toda la avenida Nueva Granada era un mar verde y azul de efectivos policiales y militares. Armas cortas, armas largas,  kalashnikov, uzis, glock, todo un arsenal estaba en las manos y en los cinturones de cada policía, Guardia Nacional y efectivos de la Milicia Bolivariana, nadie estaba desarmado.
Desde los balcones colgaban afiches, fotos, pancartas, consignas, banderas alusivas a Chávez. A las 7:30 de la mañana el pueblo chavista ya estaba listo, vestido de rojo, para ofrecer un último adiós al líder de la Revolución Bolivariana.
Sin problemas la moto pudo llegar hasta los monolitos del Paseo Los Próceres, sitio en donde ya había una cola de unas 200 personas esperando para ingresar al corredor de 1.200 metros de largo con tribunas techadas de lado y lado, escenario de desfiles militares. 
Todo el corredor había sido adornado con enormes banderas con el tricolor nacional, resaltando sobre el azul ocho estrellas blancas. Al fondo, la fuente que antecede al patio de honor de la Academia Militar contenía agua cristalina. El patio de honor de la Academia Militar ya había sido delimitado por una barrera de metal en cuyo extremo izquierdo, cerca de la entrada principal, se había armado un entarimado de metal parecido al coso por donde meten el ganado al corral, por allí entraría el pueblo en perfecto orden a rendirle su último homenaje al líder.
La prensa internacional y nacional ya se daba cita en ese espacio de unos 100 metros de ancho. No lejos, sobre un campo deportivo, dos cañones de artillería disparaban salvas cada hora en honor al Presidente fallecido.
La mañana transcurría sin sobresaltos. Personal de Presidencia, Vicepresidencia y Cancillería había trabajado toda la noche para que el salón estuviera listo, para garantizar la pulcritud del protocolo.


Como si se tratara de una película en cámara rápida las tribunas de Los Próceres se fueron llenando de gente. Glóbulos rojos que se multiplicaban segundo a segundo ante mi vista en un torrente que se aglomeraba en las tribunas cercanas a los monolitos y que al coagularse se desplazaba en bloques con dirección a la Academia Militar.
El miércoles la gente llegó a Los Próceres con las manos vacías, sin agua, sin comida, sin sombrillas, sin sillas de plástico, nadie estaba preparado para afrontar lo que vendría después, ni siquiera yo.
Dos enormes pantallas colocadas una frente a la otra en el sector de la tribuna presidencial mostraban las imágenes de todo cuanto acontecía en el Hospital Militar, pero no había sonido ambiente. La banda marcial ensayaba el repertorio, pero cuando ésta dejo de tocar se escuchó algo que puso a aquella masa humana de pie, gritando y llorando al unísono: la voz de Chávez.
Estoy comenzando con una nueva vida. Estoy como renaciendo a una nueva vida, plena, feliz, para vivir viviendo con la Patria bonita, con la Patria nueva. Viviendo feliz cada día más, junto a ustedes, junto a mi pueblo amado, junto a mis queridos soldados…”
Un nudo en la garganta y las lágrimas en caída libre por rostros de hombres, mujeres, niños, ancianos. La piel de gallina, un vacío en el estómago, ganas de gritar, ganar de llorar, ganas de correr, todo un mar de emociones reprimidas en 1.200 metros repletos de puro sentimiento humano. Acto seguido el audio del fallecido Presidente cantando el Himno del Batallón Bravos de Apure en su ultima aparición el 8 de diciembre de 2012 antes de volar a Cuba : “Patria, Patria, Patria querida, tuya es mi vida, tuyo es mi honor”.

Cuando el cortejo fúnebre salió del Hospital Militar en dirección a la Academia Militar, la concentración pudo escuchar el audio de lo que estaba sucediendo en San Martín, pero en momentos en que la concentración que acompañaba al féretro entonó el Himno Nacional, en Los Próceres se escuchó el audio del Himno entonado por el mismísimo Presidente desde el balcón del pueblo, tras su triunfo electoral el 7 de octubre de 2012.
Los Próceres hervía de gente, un caldo rojo que hacía ebullición con los acordes del Himno, aupados por la voz de su Comandante, quien antes del coro gritaba: “Más duro”. Ese Himno tuvo que haberse escuchado hasta en China.

Un metro cuadrado, hambre y sed

Las horas transcurrían lentas bajo el inclemente sol, que implacable descargaba su furia sobre quienes estaban ubicados en la parte inferior de las tribunas y el gentío que ya se había concentrado en el centro del corredor destinado a los desfiles militares. Más temprano el mismo pueblo había contenido los desplazamientos de gente hacia el centro del corredor coreando “Orden y respeto por nuestro Comandante”. Incluso, una que otra vez, alguien tomó el micrófono para solicitar que se despejara la vía, pero todo esfuerzo fue inútil ante la enorme cantidad de gente que minuto a minuto arribaba desde diversos puntos, ya no sólo de la capital, sino de todo el país. No lejos de Los Próceres se encuentra el Terminal de Autobuses de La Bandera, que recibe viajeros del occidente de la Nación.
Quienes teníamos un sitio en la sombra, no vacilábamos en movernos ni un centímetro, la lucha era por conservar el espacio que ocupaban las nalgas. La poca agua que llegaba a las tribunas era repartida cerca de los monolitos por camiones cargados de botellitas de plástico pequeñas, las mismas eran entregadas en paquetes que no siempre llegaban hasta la multitud, sino que se quedaban en poder de quienes pudieron arrebatársela de las manos a los más débiles. A medida que transcurrían las horas y apretaba el sofocante calor, se despertaban sentimientos de egoísmo en algunos.
Yo me mantuve hidratada con una botella de Gatorade, tratando de no ingerir mucho líquido, por cuanto no se dispusieron baños. Estaba completamente sola en medio de aquella multitud, sin poder moverme para no perder mi lugar, ni maltratar mi hinchada vejiga repleta de orina. El lugar más cercano para buscar alimento era La Bandera, a más de tres kilómetros, así que trataba de no pensar en comida.
La solidaridad de quienes ya se conocían luego de tantas horas compartiendo un metro cuadrado activo pequeños operativos en busca de agua y alimentos. A mi lado un grupo se las ingenió y consiguió pan y jugos. Mi hambre era tal que no dude en suplicarle a un señor que me regalara una rebanada de pan integral que sostenía en una mano, la cual comí despacio, muy despacio.  Unos minutos después escuché a mis espaldas a un señor que le ofrecía pan a su acompañante, quien le respondió con una negativa. Yo me voltee y sin titubear le dije: “Señor, si ella no lo quiere, yo sí”. Otro pedazo de pan en mis manos.
Las consignas no cesaban, la música retumbaba, cantos de Alí Primera, himnos de contenido revolucionario, letras que hablaban de igualdad, de paz, de amor, mucho amor.
Despierta al alba con firmeza y convicción. Toque de Diana, compromiso, pundonor. Un militante, un combatiente, un corazón. Vamos urgentes al llamado del amor. Mi Comandante como no votar por ti, si he recibido a manos llenas tu existir, tus sentimientos de hombre puro, tu visión del gobernante y el amor del luchador. En tiempos de llanto y dolor, en tiempos de triunfo y logros estuviste allí y ahora estoy por ti. Mi Comandante reafirmamos la victoria consagrada al pueblo que grita: ¡Se queda. Se queda, mi Comandante se queda!”.

Despojarse de todo

Para cuando el cortejo fúnebre llegó a los monolitos, grupos de motorizados se abrían paso entre aquella multitud que coreaba vivas al fallecido Presidente. “Chávez vive, la lucha sigue”. “El pueblo lo dice y tiene razón, aquí el que manda es Chávez y la revolución”.
En Los Próceres no cabía un alma más. A lo lejos se divisaba un camión con cámaras y camarógrafos, pero ya nadie miraba las pantallas, los ojos se centraban en ese río caudaloso, en el cual un caballo blanco hacía esfuerzos por avanzar entre aquella marea roja. El gorro negro del húsar que portaba la espada de Bolívar era un puntico nada más.  Más atrás, sólo gente.
Desde mi posición no veía el féretro de Chávez, tan sólo a Nicolás Maduro y a Evo Morales, el presidente de Bolivia. Ambos resaltaban entre la multitud, Maduro por su enorme estatura y chaqueta tricolor, Morales por su guayabera blanca y color de piel morena, casi tierra.
Abriéndome paso entre la gente, aprovechando mi pequeña estatura, baje de las tribunas y me lancé hacia ese caudal que arrastraba todo cuanto se travesaba a su paso.
Mi primer intento por llegar al círculo de seguridad fue fallido, pues alrededor del vehículo que trasladaba el ataúd caminaba un nutrido grupo de hombres que se abrían paso entre la multitud, empujando y aplastado a todos con pies, brazos y codos. Eran como un ejército de tractores triturando todo y a todos, abriendo una brecha de apenas unos centímetros.
Salí, o mejor dicho, me sacaron de aquel torbellino.
En carrera adelanté entre la multitud y nuevamente hice otro esfuerzo, esta vez con mejores resultados, pues entré al círculo de seguridad poniéndome al lado de Rafael Isea, ex gobernador del estado Aragua, no lejos de Maduro y Morales.

No más de 10 segundos pude mantener mi posición. La escolta presidencial vestida de negro trataba por todos los medios de ser amable entre ese torbellino. “Señora, doñita, póngaseme por acá, cuidado no me la vayan a golpear”, me decía un hombre ataviado de negro a mis espaldas tomándome por el brazo para apartarme, pero detrás de ellos nuevamente me tope con los rudos, con los tractores, sólo que en esta oportunidad yo caminaba con la corriente y pude por segundos llegar al féretro, fotografiarlo y tocarlo.
A mí alrededor hombres y mujeres lloraban y gritaban desesperados, gritos que salían del alma, se despojaban de todo, camisas, blusas, gorras, banderas, zapatos, todo iba a parar en chaparrones sobre el ataúd que ya no se veía debajo de tantas prendas. “Chávez tu diste tu vida por mí, ahora yo te daré todo lo que tengo, tu orden será cumplida”, gritaba desesperado un hombre que se quitó la camisa y la lanzó sobre el cortejo.
Todos saludaban a Maduro, le gritaban, le daban ánimos, las ancianas se le abalanzaban, lo abrazaban, lo colmaban de besos y bendiciones. “Con Chávez y Maduro, el pueblo está seguro” coreaba la masa al unísono al paso de aquel hombre de alta estampa vestido con chaqueta tricolor. De no ser porque me encontraba en medio del funeral de Chávez, habría pensado que se trataba de un cierre de campaña electoral.
Detrás de la carroza las mujeres gritaban, se halaban los cabellos, se aferraban al vehículo sin importar que en aquel esfuerzo perdieran el equilibrio y cayeran al pavimento para ser aplastadas por la multitud.
Nuevamente me sacaron y nuevamente adelanté, pero en esta oportunidad sólo quería llegar al féretro, estar lo más cerca para verlo, no a través del lente de mi cámara sino con mis propios ojos. Tuve éxito, lo vi, lo detallé, lo toqué y hasta una cinta tricolor y una rosa fueron a parar a  mis manos.

En cada intento hacia esfuerzos por no perder mis zapatos, la multitud avanzaba, los pies se mezclaban, pisotones, empujones, carreras, sudor, gritos, consignas, llanto, lamentos. Los ancianos no temían lanzarse en aquel torbellino, los niños sobre los hombros lloraban y clamaban por tocar a Chávez, las embarazadas corrían sosteniendo sus enormes barrigas.
El cortejo fúnebre se abría paso con muchísima dificultad, lo que me dio la oportunidad de adelantarme hasta la Academia Militar, allí había un tapón humano esperando la carroza. Gente encaramada en los árboles, gente dentro de la fuente, gente sobre el coso de metal, gente sobre las escaleras que daban acceso a la Academia. En ese punto se levantó una polvareda que no dejaba respirar, lo irregular del terreno impedía la visión desde cualquier punto. El río humano avanzaba, giró a la izquierda y no se detuvo, bramaba. Asustada me abracé a una palma chaguarama y junto a mí otras tantas personas más, haciendo esfuerzos por no ser arrastrados por aquella estampida humana. Por un instante llegué a preguntarme: “¿Qué coño hago aquí?”
A partir de ese momento se escuchó una sola consigna: “Queremos ver a Chávez”.
Cual telón al final de la primera parte, la noche cayó sobre la ciudad. Potentes reflectores iluminaban el salón El Libertador, en donde se le rendían homenajes al Presidente Chávez. Una enorme pantalla mostraba lo que sucedía en el interior del recinto. Afuera la multitud se fusionó con las paredes metálicas levantadas para impedir el paso al patio de honor, todos querían ser los primeros, todos luchaban por conquistar un centímetro cerca del único acceso dispuesto, pero no había quien organizara todo aquello.
El ejército de efectivos militares y policiales que acompañaron al cortejo durante siete horas se había esfumado, quedaba tan sólo un reducido grupo de jóvenes guardias nacionales, efectivos que no superaban los 23 años, al mando de la situación, haciendo esfuerzos por tan sólo mantener a la gente en su sitio, delimitando con barreras de metal la zona cercana a las paredes metálicas.
Los ánimos se fueron calmando cuando cesaron la música, los cantos revolucionarios y las consignas. El algarabío estaba en el corredor de Los Próceres, de este lado habían cornetas, pero no para la música, sino para que esporádicamente se escuchara el audio de la homilía que ya había comenzado.
El féretro continuaba cerrado, hecho que no pasó desapercibido en la multitud, muchos pensaban que no lo abrirían para ver el rostro de su líder. El cansancio se apoderó de la gente y poco a poco fuimos buscando sitios para orinar, defecar, lavar manos y pies en la fuente de agua que ya no era cristalina, buscar agua y alimento.  
Para la medianoche la multitud se agolpaba alrededor y sobre la estructura de metal que servía de acceso, en aquella oscuridad era difícil distinguir nada. Golpes, empujones, desmayos, olor a alcohol, gritos, consignas y más consignas: “Queremos ver a Chávez”. Un grupo de motorizados circulaba a sus anchas accionando sus chillonas cornetas, otros las habían estacionado para que sus parrilleras pudieran pararse sobre el asiento y observar sin obstáculos la pantalla y todo cuanto sucedía en el patio de honor.
La pantalla mostraba que la cola avanzaba junto al féretro con normalidad, la tapa del ataúd ya estaba abierta. Un segundo, dos segundos, era todo el tiempo permitido para ver a Chávez, pero nadie mostraba lo que en las sombras sucedía a escasos metros del Comandante.
Me movía entre sombras. Los reflectores en contra luz hacían que todos perdieran su color. Ahora me encontraba en un limbo de sombras que seguían llegando y se agolpaban lo más cerca posible de la enorme hilera que ya se había formado de manera espontánea. En dirección hacia las tribunas la hilera era organizada, acá adelante se perdía entre el tumulto de sombras que habían formado un embudo.
Pasada la medianoche decidí regresar a mi casa para cambiarme de ropa, comer algo y dormir unas horas. Al enfilar los pasos hacia los monolitos caminé sobre un sendero de zapatos regados a lo largo de 1.200 metros, nadie le daba importancia a ese hecho. Zapatos de todas las medidas, colores, diseños. Sandalias, tenis, chancletas, de vestir, botas. Pero solo un par. Con la vista trataba de encontrar el par de cualquier zapato, no pude, eran demasiados.
En El Paseo Los Ilustres un enjambre de motorizados hacía su agosto cobrando precios exagerados por trayectos cortos, no había otro medio de transporte. No hubo más remedio que pagar, aunque el precio era grosero en extremo. La solidaridad revolucionaria había quedado atrás, la fuerza del amor revoloteaba en el ambiente junto al féretro de Chávez, pero aquí, en la calle, se movía la fuerza del dinero
El frío de la madrugada me pegaba en el rostro. Veía la rueda de la motocicleta rodar en dirección contraria a una multitud que avanzaba hacia la Academia Militar. Las aceras, las jardinerías eran un dormitorio al aire libre.

Aunque me cueste la vida

A las 5:40 a.m. del jueves 7 los periódicos se vendían como pan caliente en los kioscos de la avenida Sucre. La fotografía del féretro entre la multitud ocupaba la tapa de toda la prensa nacional, oficialista o de oposición. Nuevamente era el mismo Chávez quien dictaba la pauta periodística, ni aún después de muerto dejaba de dar un tubazo, aportaba la primicia nacional e internacional. El mundo tenía los ojos puestos en Venezuela.
A las 5:50 a.m. los vagones del metropolitano ya estaban repletos de simpatizantes vestidos de rojo de pie a cabeza. A diferencia del día anterior, portaban bolsas repletas de arepas recién azadas, empanadas fritas, pan, agua, jugos, enormes neveras con hielo, sombrillas, cobijas. En el silencio del trayecto el chirrido de los rieles parecía sonar más duro.
Cuando las puertas se abrieron en la estación Plaza Venezuela y de los vagones se desparramaron sobre el andén quebradas humanas rojas, una voz retumbó: “Que viva Chávez, no joda!”. “!Que viva!”, respondieron todos alzando el puño izquierdo cerrado. “Chávez vive, la lucha sigue”, “Alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina”, “Lo digo duro y que se escuche, el nuevo Presidente será Maduro”, “Con Chávez y Maduro el pueblo está seguro”.
Las consignas, las banderas, las pancartas nuevamente se habían despertado y al alcanzar la calle a las 6:15 a.m. me fundí en una vena de sangre roja que corría en torrente hacia Los Próceres, en absoluta calma, sin apuros, sin tropiezos, con orden y disciplina catalogada por ellos mismos como revolucionaria.
Ocupé mi lugar en la hilera a escasos 200 metros de los monolitos, pero la cola subía y nuevamente bajaba en dirección contraria unos 400 metros para luego retornar en línea recta hacia las tribunas de Los Próceres. Escasos 1.700 metros aproximadamente hasta el féretro donde reposaba Chávez. La hilera estaba absolutamente ordenada, así que nada hacía presumir que no podría llegar al lugar, nuestros únicos obstáculos serían el sol, el intenso calor y el cansancio.  Unos pocos soldados patrullaban la hilera sin esfuerzo alguno, pues la ciudadanía ocupaba lugares de manera ordenada, en absoluta calma y paz.
No era necesario preguntar de dónde venían, ellos mismos hablaban en voz alta: “Nos acabamos de bajar del autobús desde Trujillo”, “Yo vengo de Cumaná”, “Yo vengo de Bucaramanga, vea. Salimos apenas conocimos la noticia y recién ahoritica mismo venimos llegando”, “Nosotros venimos de Santa Elena de Guairén, en la frontera con Brasil”. “Yo vengo de Cumanacoa… Yo vengo… Nosotros venimos…” Todo aquel que se incorporaba a la hilera iniciaba una retahíla de cuentos y anécdotas relacionadas con Chávez.
Tras de mí una pareja proveniente de las montañas trujillanas llamaba por teléfono a sus familiares, relataban todo cuanto acontecía, compartían  por el celular en familia un momento que para ellos era sagrado. Habían viajado toda la noche para estar en primera fila, de cuerpo presente en los funerales del líder. Más atrás una señora de pelo blanco, de unos 49 años, hablaba en voz alta, su sueño era ver a Chávez de cerquita, había estado en todas sus concentraciones en la capital y relataba como lo había visto en el mitin de cierre de campaña electoral en la avenida Bolívar de Caracas, el día en que el cielo se nubló y llovió a cántaros sobre la multitud. “Ese día mi Comandante habló bonito. Estaba más hermoso que nunca. Emparamaito de pies a cabeza miró al cielo, como desafiando a Dios. Se me engrinchan los pelos solo de recordarlo. Yo no sé, hoy tengo que llegar a él aunque me cueste la vida”, sentenció.
Al igual que el día anterior, segundo a segundo los punticos rojos se multiplicaban, y en cuestión de minutos la hilera se perdía de vista en dirección hacia el Paseo Los Ilustres.
 Al cabo de una hora ya habíamos alcanzado la primera tribuna del paseo Los Próceres. No había efectivos militares que impidieran el paso hacia el enorme corredor. Mientras nosotros ocupábamos nuestra posición, centenares de personas pasaban a nuestro alrededor en dirección a la Academia Militar. El sol picaba en la piel. No había quien vendiera café, ni agua, jugos, ni helados. La trujillana a mis espaldas decidió ir a buscar alimento al igual que otras tantas personas más, su esposo y yo nos quedamos para cuidar nuestro puesto. El fue a sentarse en las gradas, soportando un fuerte dolor en su espalda a consecuencia de una hernia discal, yo permanecía en la cola sosteniendo una pequeña sombrilla, y aunque lograba resguardarme del sol por arriba, el reflejo de la resolana me quemaba por debajo.
No había nadie que organizara la hilera hacia la parte superior de las gradas en donde había sombra. De repente, a nuestro lado se formó otra hilera proveniente de la Academia Militar, dobló en los monolitos y se enfilo de retorno.
Pasaban las horas, nos movilizábamos a razón de 10 metros cada media hora y aún teníamos por delante unos 1.100 metros. La hilera se detuvo y no se volvió a mover.
La señora de pelo canoso decidió ir al frente para averiguar qué sucedía. Al cabo de una hora regreso bañada en lágrimas, explicando que las hileras eran varias, dos desde los monolitos, una desde El Valle y otra desde la parte posterior de la Academia. Todas confluían en una masa compacta de gente que luchaba por entrar por un solo carril: el coso para el ganado.
Sin pensarlo dos veces yo misma fui a verificar la situación. Efectivamente, el único acceso dispuesto estaba congestionado por centenares de personas, un bloque compacto que empujaba hacia adelante.
Observe a un pequeño grupo de jóvenes militares sacando a niños desmayados de aquel torbellino. Mujeres bañadas en sudor, despeinadas, llorando y gimiendo luchaban por trepar a la estructura metálica, la cual se mecía de un lado a otro. En uno de sus extremos superiores  otro soldado con su bota trataba de apretar las enormes mariposas que se salían de sus roscas, de un momento a otro la estructura se vendría abajo.
Entre aquella multitud se abrió un hueco, luego otro y otro. Se escucharon voces masculinas pidiendo auxilio y una estampida se produjo justo hacia el sitio en donde yo me encontraba. Ancianos, mujeres y hombres corpulentos desmayados eran arrastrados hasta el pavimento en donde los recibían grupos de paramédicos que ya no se daban abasto con tantos heridos. Ese bloque humano que buscaba oxígeno liberó un espacio y sin darme cuenta me encontré en medio de otro bloque que de inmediato ocupó el espacio liberado. Un grupo de indígenas goajiras me flanqueaba por los cuatro costados, yo me deje llevar segura de alcanzar la entrada escoltada por esos mujerones que con acento zuliano se daban ánimos. “Vamos p´a lante, no joda. Mira que p´a eso comemos maíz y plátano que jode y fuerza es lo que sobra. De aquí no nos saca nadie”, expresaba una goajira gorda y alta a mi lado. Trataba de alzarme en puntillas, pero si lo hacía perdería todo equilibrio. Milímetro a milímetro el bloque avanzaba, pero aumentaba la temperatura, faltaba el oxígeno, el sudor me bañaba de pies a cabeza. Todos gritaban “No empujen”, pero seguían empujando. Después de varios minutos aquel bloque humano comenzó a mecerse y fue cuando sentí miedo, pues me encontraba completamente aprisionada y en caso de que alguien cayera, caeríamos todos fracturándonos las piernas. Cuando quise salir ya no hubo escapatoria.
El pánico colectivo se hizo presente en los rostros. Delante de mí se libero un espacio y la masa avanzó, pero bajo mis pies ya no había pavimento, era un cuerpo. En segundos se libero otro espacio y otro, nuevamente voces masculinas pidiendo auxilio y una estampida en retroceso. Más desmayados hacia el pavimento, un espacio abierto para que otro bloque lo ocupara.
Me aparté hasta alcanzar la palma moriche que en la víspera me había protegido de la estampida, trataba de reponerme y al mismo tiempo alertar sobre el inminente peligro.
A mi lado una anciana lloraba y se preguntaba en voz alta:
-¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué nadie me ayuda a verlo? Tienen una pantalla enorme, si me lo muestran, me voy tranquila. Hasta que no lo vea, no podré irme p´al rancho.
“Queremos ver a Chávez”, coreaba la multitud. La desesperación aumentaba, pues al día siguiente serían los honores de Jefes de Estado y el pueblo ya no tendría acceso. Mientras recuperaba fuerzas conversaba con una mujer sobre la evidente desorganización y la imposibilidad de llegar al féretro cuando sentí que algo halaba de mi pantalón, al bajar la vista me tope con los ojos redonditos de una hermosa niña, su cabello liso color castaño hacía juego con su piel tostada.
- ¿En dónde está Chávez, no puedo verlo?, preguntó.
Sus ojos reflejaban la desesperanza de los niños cuando temen no poder ver a Santa o al Niño Jesús, era como si hubiera escuchado que no habría piñata en su fiesta o no podría ir al parque a jugar a las muñecas. Yo no supe qué responderle.
Tratando de buscar un lugar alto desde donde poder ser una simple espectadora, remonté una lomita hasta la pared de la Academia Militar en donde se había congregado un grupo de militares, unos uniformados, otros de civil.
Era evidente que para alcanzar la única puerta de acceso habría que arriesgarse mucho, no había nadie que asumiera la voz de mando.
Un grupo de unos 10 guardias nacionales con chalecos antimotines observaban desde lejos la algarabía.
Un militar tomó un megáfono y como pudo llegó hasta un pequeño muro de metal en donde la guardia presidencial contenía al pueblo, solicitó un poco de colaboración y poco a poco, con ayuda de otros militares, comenzó a ayudar a las mujeres a saltar el muro, claro está, sin dejar atrás a sus compañeros. Fue así como nuevamente me encontré en medio de otro bloque humano, con la sola diferencia que ahora estaba a escasos tres metros de la barra metálica. Estaba aprisionada, ahogada, casi desmayada cuando mi mano alcanzó el metal y mi vista se levantó para ver al militar que había organizado esa pequeña vía de entrada. Detrás de mí un coronel era llamado por sus subalternos para que saltara la barrera, sentí su bota sobre mi canilla y mi rodilla se dobló. Como pude me alcé dejándolo caer y grité: “Para que pase el coronel, tengo primero que pasar yo”. Un hombre de enorme cabellera negra recogida en cola de pescado me alzo en vilo, dos militares me recibieron, mi pierna choco contra la barrera de metal y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba del otro lado en medio de una melcocha de grama y barro. Dos milicianas me levantaron y aunque yo me sentía bien, en sus rostros pude adivinar que no lo estaba, cuando traté de incorporarme no pude, sus manos me sostuvieron hasta un extractor de aire acondicionado que expedía aire fresco. Ya estaba adentro.
De este lado de la barrera había mucha agua y barro en el suelo, pero la hilera fluía con calma y rapidez. La orden de sacar las baterías de los celulares y cámaras fue cumplida. Nadie registró mi cartera, no pasamos por control anti metal alguno, es que no lo había. La hilera serpenteaba  entre barreras de metal y varios milicianos repetían la misma orden: “Avanzar, pecho contra espalda. Avanzar”.

Amamantando revoluciones

Al final de aquella tarde, luego de haberlo visto acongojado junto al féretro de Chávez, Nicolás Maduro se trepó hasta la enorme pantalla dispuesta frente a la Academia Militar y anuncio al país que el cuerpo del fallecido Presidente estaría en capilla ardiente por otros siete días más. Yo no pude verlo, ya me encontraba lejos, reconstruyendo mentalmente los dos segundos ante Chávez.
El sábado regresé a Los Próceres. La hilera se iniciaba detrás del parque de atracciones al frente de la terminal de autobuses de La Bandera.
El sol no había aplacado su furia. Había tanta gente como el miércoles, sólo que en esta oportunidad el comercio informal se había apoderado de las calles. La música ahora no era exclusiva de grandes parlantes, ahora se escuchaba en cada esquina promocionando cd´s piratas. Quise comprar uno y pregunté a la vendedora si tenía el tema Y Bajaron.
-¿Cuál es ese? Respondió con desdén.
-Ese que ponen a cada ratico, ¿no lo has escuchado? repliqué
-No le he parado bolas- remató.
Todo cuanto tuviera la imagen de Chávez era comerciable. Franelas, estampitas, fotos, afiches, zarcillos, collares, gorras, banderas, pulseras, portarretratos, rosarios tricolor.
La hilera humana mantenía orden y disciplina, apoyada de la presencia policial, milicianos, guardias, ejército y voluntariado. El acceso vehicular estaba restringido desde el Paseo Los Ilustres y a la altura de los monolitos solo había acceso para quienes ocuparan posiciones en la hilera. Frente a la Academia Militar una sola hilera, flanqueada por bardas metálicas, permitían el libre flujo de ancianos, niños, minusválidos, mujeres y hombres. Las consignas no cesaban ni un segundo, en la atmósfera se respiraba un aire de fiesta popular.
Me asomé tras las tribunas, en donde dos días antes mis nalgas desnudas compartían espacio con nalgas blancas, negras, amarillas, unas más jóvenes, otras más arrugadas. No había otra manera de descargar vejiga e intestinos. Hoy había baños portátiles. Personal de Telesur y Vive repartía agua de manera gratuita, así como naranjas y caramelos.
Compré un helado y busque una sombra, mis labios cuarteados y mi piel agradecían tanta frescura.
Frente a mí, un grupo se arremolina para acompañar con las palmas a un señor que con cuatro en mano entonaba canciones de Alí Primera. Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos, y a partir de este momento es prohibido olvidarlos. Canta, canta, compañero que tu voz sea disparo, que con las manos del pueblo no habrá canto desarmado”.
Me disponía a sorber el último bocado de helado cuando evoqué la imagen de una joven madre, quien el pasado miércoles durante la larga espera en Los Próceres amamantaba y arrullaba a su bebé con canciones de contenido revolucionario. Sentada no lejos de mí se levantó la franela roja y sin más se sacó la teta. La criatura buscaba desesperada el pezón mientras ella no dejaba de cantar el tema que en aquel momento se escuchaba a todo volumen: “Vive tu vida, dale alegría, no pongas freno grita al mundo entero, Chávez corazón del pueblo”.
Le leche fluía, dos manitas se aferran a aquel pecho. La madre miraba al niño, el niño miraba a la madre. Antes de que la inocente criaturita cerrara sus ojitos la joven lo meneo al compás del coro: “¡Uh, Ah, mi Chávez no se va!”