domingo, 28 de octubre de 2012

Diario de Beslán

Foto: Reuters
Soraya Borelly Patiño 
El pasado 1 de septiembre se cumplieron ocho años de la toma de 1.181 rehenes en la escuela rusa N 1 de Beslán, en Osetia del Norte, acto terrorista perpetrado por musulmanes armados y que concluyó dos días después con el asalto del recinto por parte de las fuerzas de seguridad rusas con el trágico saldo de más de 370 personas muertas, 171 de ellos niños
Agunda Vataeva, una adolescente que junto a su madre, una maestra de primaria, estuvo en poder de los terroristas, revive en su blog la historia en primera persona de los tres días que conmocionaron al planeta y que cambiaron para siempre su vida. 
El pasado 22 de septiembre Vataeva publicó en internet una nota bajo el titulo “Despedida”, con la que puso punto final a una crónica que no concluyo con su liberación y la muerte de su madre, amigos de infancia y educadores, sino que se prolongó por espacio de todos estos años en las hojas de un diario al que ella misma hoy cataloga como ajeno.
“Todo tiene un comienzo y, como consecuencia, un final lógico. Cuando comencé a llevar este sencillo diario, el final de cada relato estaba asociado con una nueva etapa de mi vida. A veces, no terminaba mis notas, pero yo misma, mentalmente las concluía para después no regresar a ellas. Ya es hora de terminar este diario. Prácticamente, hace mucho que lo hice: escribo pocas veces, se me dificulta hacerlo, mis palabras no reflejan mis sentimientos. Mi diario de repente es ajeno, escrito por otra persona. Por ello, quiero despedirme y cerrar así un periodo más de mi vida, hace mucho que debí hacerlo”. Escribió la chica en su blog.
Con la serenidad de su prosa y la madurez de sus reflexiones, Vataeva se muestra decidida a mantener vivos los fantasmas que reposan en el pasado, pero que ella decidió no enterrar escribiendo su verdad, la verdad de una de las sobrevivientes de la mayor tragedia conocida en escuela alguna, cuando un grupo de 30 terroristas musulmanes decidieron tomar la vida de jóvenes inocentes, padres desesperados intervinieron para salvar a sus hijos y las fuerzas de seguridad del Estado ruso decidió acabar aquella toma de rehenes con un asalto a sangre y fuego. 

Las sombras vencen a la humanidad 

El 1 de septiembre de cada año es un día de júbilo en toda Rusia y las demás repúblicas de la extinta Unión Soviética. Es el Día del Saber, el inicio de todo el sistema de educación, desde preescolar hasta universitaria. Es el fin del verano y el inicio del otoño.
Las niñas visten uniforme de falda marrón, delantal blanco con encajes, y cintas blancas en su cabellera. Los varones lucen camisas blancas con corbata. Maestras y maestros hacen gala con sus mejores atuendos y todo el personal educativo participa en la decoración de las escuelas.
Los niños entregan flores a sus educadores, y estos retribuyen el gesto con abrazos y besos a granel.
Los más pequeños, preescolar y primaria, participan en la ceremonia inaugural, liberando miles de globos multicolores que volaran en señal de júbilo.
El 1 de septiembre es el día en que la oscuridad de la ignorancia es vencida por la luz del saber, pero lamentablemente el 1 de septiembre del año 2004 las sombras le ganaron una batalla a la humanidad.
Eran las nueve de la mañana cuando miles de niños ingresaron a la escuela N.1 de Beslan, en Osetia del Norte, despidiéndose de sus padres.
Lo normal del primer día de clases: llantos, gritos, rabietas, risas, abrazos, besos. Todo un caudal de emociones humanas a las puertas del templo del saber.
A las nueve y media, el colegio es asaltado por 30 sujetos cubiertos con pasamontañas. Entre ellos varias mujeres.
Antes de ingresar al colegio, los sujetos arremeten contra cinco policías que había a las puertas de la escuela.
Los hombres van armados con fusiles de asalto kalashnikov y en su cintura cargas de explosivos. Dentro de la institución 1.181 rehenes, la mayoría niños, quedaron atrapados.
Entre los rehenes se encuentra personal docente, administrativo, enfermeras y obreros, quienes miran aterrados el dantesco espectáculo y hacen intentos por tranquilizar a sus alumnos, entre 5 y 18 años de edad.
Una de las primeras acciones de los terroristas fue apartar un grupo de 20 hombres del resto de rehenes y fusilarlos con una bala en la nuca para después lanzar sus cuerpos al patio dejando bien claro su mensaje: “No queremos héroes”.
En cuestión de minutos los alrededores de la escuela se convierten en un hervidero: fuerzas especiales de asalto, miembros del ejército, servicio de inteligencia y seguridad nacional, equipo antiterrorista alfa, y los angustiados padres y familiares.
Los ojos del planeta estaban sobre Osetia del Norte. En las salas de redacción del planeta se buscaban antecedentes, fijando el foco en la toma de rehenes del Teatro Duvrovka de Moscú (dos años antes), hecho en que la administración de Vladimir Putin quedo muy mal parada, toda vez que las fuerzas especiales rusas –Spetnaz- decidieron introducir gas paralizante por los ductos de la ventilación, con lo que lograron entrar al recinto y ajusticiar a los terroristas que dormidos quedaron en los asientos, solo que la dosis de gas utilizado fue suficiente para acabar con la vida de 129 rehenes. En esta ocasión no había cabida para errores.
Los secuestradores exigen la intermediación del pediatra, Leonid Roshal. La periodista Anna Politkovskaya, miembro del grupo de mediadores en la toma de rehenes del Teatro Duvrovka, fue envenenada en un avión cuando hacia intentos por llegar a Beslán. Se salvo de milagro. 
Roshal logra obtener las demandas de los terroristas: la retirada de las tropas rusas de Chechenia y la independencia oficial del país.
Roshal también informa a los mandos de que todos los rehenes han sido llevados al gimnasio y rodeados de explosivos. Si a las fuerzas especiales se les ocurre hacer cualquier movimiento, los terroristas se inmolarán llevándose consigo la vida de 1.181 inocentes.
A pesar de los esfuerzos de Roshal, los terroristas rechazan el ingreso de medicinas, agua y alimentos a la escuela. Las condiciones de hacinamiento en el gimnasio eleva las tensiones y el 2 de septiembre las negociaciones entre Roshal y los secuestradores fracasan.
No obstante, al final de ese día se logro la liberación de un grupo de 11 enfermeras y 15 niños como un gesto de buena voluntad, gracias a la intervención del ex presidente ingusetio, Ruslán Aushev.
El 3 de septiembre los secuestradores permitieron la entrada de un equipo médico con orden de retirar los cadáveres que permanecían en el patio de la escuela en estado de descomposición.

El infierno

Versiones oficiales sostienen que mientras el equipo médico se aproximaba a los cadáveres, un terrorista detono por error una de las cargas explosivas que cubría el perímetro del gimnasio. A pesar de no haber causado víctimas, el hecho desato el caos. Los padres que también rodeaban la escuela decidieron actuar, creyendo que la entrada del equipo médico era una maniobra de distracción de las fuerzas especiales.
Se dijo que padres armados comenzaron a disparar contra los médicos y a ejecutar rehenes, hecho que detono la intervención de las fuerzas especiales con un asalto por tierra con tropas de asalto y tanques, y por aire con helicópteros de combate.
En medio de la balacera varios rehenes trataron de huir, pero los terroristas los acribillaron. Las fuerzas especiales abrieron boquetes en las paredes para permitir la salida de rehenes. Esta acción también cobro varias vidas inocentes.
Los terroristas accionaron las cargas explosivas del perímetro del gimnasio, dejando solo un amasijo de hierro retorcido, escombros y muertos.
El asalto se prolongo por espacio de dos horas.
Las fuerzas especiales se percataron de que faltaban tres terroristas al hacer el recuento de los cadáveres. De inmediato se activo la cacería.  Los tres  terroristas se encontraban apertrechados en el sótano, utilizando varios niños como escudos humanos.
De allí nadie salió con vida. Según la versión oficial, los terroristas ejecutaron a los rehenes y fue por ello que las fuerzas especiales actuaron sin contemplación.

A los brutos se les concede felicidad... a los débiles tristeza

Las notas de Agunda Vataeva, la adolescente sobreviviente de 9 grado,  comenzaron a archivarse en su computador portátil personal desde el mismo lecho del hospital al que fue trasladada con una fracturada abierta en su pierna y varias heridas de consideración. 
Seis años después, el 1 de septiembre de 2010, las crónicas de los tres días que duro la toma de rehenes vieron la luz en su sitio de internet.
“Si alguien tiene el deseo de compartir mis notas, o utilizar cualquiera de mis citas, no tengo objeción alguna”, escribió. 

DÍA 1  

En mi ciudad natal ocurrió un hecho espantoso que arruino mi vida. Su nombre: la toma de rehenes de la escuela N.1 de Beslán por un grupo de terroristas.
Amaneció. El día es cálido y asoleado. 1 de septiembre, el día preferido después de mi cumpleaños. Visto una blusa nueva, una falda negra y mis zapatos favoritos. Mi mamá viste su vestido preferido color beige. Desayunamos. Nos preparamos para salir, son las 8:10 de la mañana. ¡El día es maravilloso! Caminamos juntas por la avenida Nadterechanaya. El sol es tan brillante que me duele la vista. La calle está desierta, es muy temprano. Salimos temprano de casa porque teníamos la intención de terminar el decorado del aula de mamá.
Nos acercamos a la escuela. Sólo unas 40 personas están en el patio. La mayor parte posiblemente ya está adentro. Nada ha cambiado: los alumnos en grupos hablan sobre sus vacaciones, los maestros también hacen lo propio. Los alumnos de primaria llegan a la escuela con sendos ramos de flores y globos multicolores.
Mi madre y yo entramos a su aula. Todo el edificio huele a pintura fresca: Sveta y Alexander Mijáilovich no lograron concluir el trabajo a tiempo. Todavía faltan por instalar en el corredor algunos estantes.
Reina el silencio, el aula aún está desierta. Mamá escribe en la pizarra la frase: “Bienvenidos a clases”.
Salgo del aula y no encuentro a nadie de mi clase. Era de esperarse, ya estamos en noveno, sería un pecado llegar temprano. Recorro la escuela una media hora más, ninguno de mis compañeros aparece. Batika se encontró a Shalbo. Julieta Georgievna no ha llegado todavía.
Poco a poco han empezado a reunirse. Todos muy bien vestidos. Me encuentro a Dzera, ella es una madeja de nervios: tiene una mancha en los zapatos y necesita un pañito limpio. Corrimos hacia el aula de mi madre. Allí algunos niños están sentados. Las niñas tienen cintas rosadas en su cabello y en sus manos ramos de flores. Alguien graba a sus hijos en video, otros reparten globos entre los pequeños del primer grado, que según la tradición deben soltarse para que se eleven por los cielos. Le comento a Madina que envidio a esos niños: “Son tan pequeños y tan felices”. Luego, juntas salimos al patio donde ya están reunidos todos mis compañeros. Todos charlan al unísono mientras esperamos que se forme la fila.
Cristina, Dzera y yo hablamos sobre la camisa de Dzera… Nuestra conversación se interrumpe. En alguna parte, muy cerca de nosotros, se escuchan unos disparos. Volví mi cabeza y pude ver a tres chicos que corrían hacia la salida, detrás de ellos un hombre vestido de camuflaje, sobre su cara una espesa barba negra. El corría tras los niños y disparaba al cielo. Yo pensé: “Alguien está jugando una broma pesada, tal vez, tan solo se trate de una inspección”, pero en cuestión de segundos los disparos venían de todos lados.
Nos agrupamos. En el pavimento podían verse regados los ramos de flores, algunos zapatos y carteras. Nos sentamos pegadas a la pared. Se desató el pánico. Ellos nos ordenaron no gritar y dirigirnos a la sala de deportes. No le daban tiempo a la gente de entrar por la puerta, los empujaban y pateaban para que entraran en tropel. No entiendo porque, en mi cabeza tan solo revoloteaba la norma que tantas veces repetían nuestros maestros: “En caso de presentarse una situación de emergencia, que no cunda el pánico, mantener la calma”. Esa idea se apodero de todo mi cuerpo, todo mi ser, mi conciencia. Quería correr lejos de todo aquello, esconderme. Me decía: “Todo esto acabará pronto, se trata de un sueño”. Eran las frases que siempre escuchaba en las películas estadounidenses de Hollywood y me causaban gracia, pero en esta ocasión no quería reír. Eso que experimentaba era miedo y un fuerte deseo de vivir.
La puerta del gimnasio estaba cerrada, así que ellos partieron los vidrios de dos ventanas que daban al corredor para que entráramos. Todos hacían esfuerzos por saltar por las ventanas y rápidamente penetrar a la sala. Una vez dentro nos ordenaron ponernos en cuclillas y mantener absoluto silencio.
Entre la gente pude ver a Zarina, mi compañera de clase. Ella me tomo de la mano y la apretaba con fuerza, pidiéndome que por nada del mundo la soltara. Era extraño, en aquella situación no podía ayudarla, pero sentía que aquella mano aferrada a la mía era de vital importancia para mí. Se trataba de un apoyo mutuo, un sentimiento tan fuerte, que solo ayuda en situaciones tan extremas como la que estábamos viviendo en ese preciso momento. Nosotras nos apoyamos, estábamos una al lado de la otra, JUNTAS. Eso era lo realmente importante.
Lentamente entramos al gimnasio, una vez allí me percate de la presencia de mi más cercana amiga, Madina. Sin soltar la mano de Zarina me acerque a Madina. Las tres nos tomamos de la mano y nos acurrucamos como conejitos, así como ellos nos ordenaban.
La gente entró en pánico, hubo ataques de histeria. Para calmarnos, ellos tomaron por la fuerza a un hombre y amenazaron con matarlo si no guardábamos silencio. Hicimos un gran esfuerzo, pero el miedo y el pánico nos traiciono. De pronto se escuchó un disparo. Lo asesinaron… Silencio, silencio mortal. Solo el llanto de los más pequeños rompió aquel silencio.
Nos ordenaron deshacernos de teléfonos celulares, carteras y bolsos. Gritaban que fusilarían a 20 personas si se escuchaba el timbre de algún celular. Amenazaron con fusilar niños si no cumplían sus demandas. Los maestros convencieron a la gente de entregar todas sus pertenencias. Los celulares volaban por los aires amontonándose en un rincón. Un grupo de personas fue ubicado al otro lado de la sala, en ese grupo estábamos nosotras. Para ese momento ellos ya habían colocado explosivos, se trataba de unas 10 granadas, creo. Se movían con precisión y profesionalismo, como si lo hubieran hecho toda la vida.
Durante todo ese tiempo tan sólo pensaba en mi madre. No la veía en la sala. La buscaba con la vista entre toda esa gente sin éxito. De repente escuché una voz. Se trataba de la voz más agradable y más querida de mi infancia. Era su voz.
Ella le pidió a uno de ellos que le permitieran sentarse a mi lado, y por extraño que parezca, le permitieron hacerlo. Mi madre se acercó y se sentó junto a nosotras.
De inmediato comenzamos a bombardearla con preguntas, ¿Qué pasaría? ¿Era posible que nos liberaran? Mamá tan sólo respondía, tratando de mantener la calma, que todo estaría bien, que saldríamos vivas de todo aquello, que vendrían a salvarnos. Aunque la miraba fijamente y entendía que ni siquiera ella sabia como terminaría todo aquello, mi madre nos tranquilizaba, de la misma manera como lo hacía con sus alumnos, como si se tratara de unos niños. Si, niños, y es que efectivamente en ese momento éramos unos niños asustados. Si lo piensas bien, a pesar de estar en noveno año, nosotros éramos unos NIÑOS. En una situación como esa hasta el más experimentado adolescente se transformaría en un niño caprichoso y asustadizo. Yo no pretendía juzgarlos a ellos por lo que hacían, se trataban de una situación sumamente delicada, con una carga psicológica extrema. Era muy difícil mantenerse en pie y no flaquear.
Junto a nosotras había dos mujeres parecidas a viudas vestidas de negro. Llevaban puesto burkas, lo cual impedía que pudiéramos verles la cara. Tan sólo podíamos ver sus ojos y sus pies. Vestían ropa y zapatos deportivos. Con una mano sostenían una pistola mientras que la otra permanecía casi adherida a un cinturón con un dispositivo extraño. Su mirada era de hielo, carente de vida humana, dispuestas a todo. Eran justamente esas viudas negras quienes despertaban en todos nosotros miedo y horror. Sin embargo, al verlas, todos nosotros experimentábamos odio.
Antes, al escuchar hablar de estas mujeres suicidas sentía hacia ellas un profundo odio, me provocaban asco. Para mí una mujer ante todo es una madre, un ama de casa, una esposa… ¿Cómo puede una mujer asesinar a una persona inocente? La mujer fue creada para amar, y los hombres para defender a las mujeres, a los niños. Para mí la figura ideal femenina la representa mi madre. Ella transito una vida difícil, siempre amo y fue fiel a mi padre, nos dio una excelente educación, y lo más importante, su motor de vida era la familia y los niños.
Las viudas negras salieron del salón. Luego, ellos escogieron a 10 hombres de gran estatura y los sacaron de la sala. Un terrorista pasó muy cerca de nosotras. De repente se detuvo, murmuró algo, miró a Madina y enfurecido le grito: “Cubre tu honradez” y le lanzó una chaqueta. La falda de Madina era corta y dejaba ver sus rodillas. Asustada se cubrió. “Por lo menos no van a violarnos”, pensé.
La cara de ese combatiente me pareció conocida, creo haberlo visto alguna vez en Beslán. Le comente mis sospechas a Madina. Ella también admitió haberlo visto antes. Puede ser que ella también estaba equivocada. Ese sujeto tendría unos 35 o 38 años de edad, no más, y tenía una enorme cicatriz en la mejilla. Al comienzo de todo esto, ese hombre era quien se comportaba mejor. Aunque pensándolo bien, todos ellos al comienzo eran “normales”.
Ese primer día repartieron entre la gente hojas de papel para que pudieran abanicarse, nos permitían ir al baño. Ellos escogieron a varios chicos para que fueran al baño y regresaran con baldes llenos de agua que repartían entre los presentes en la sala. No obstante, la gente empezó a comportarse como “viejas en un mercado” y fue así como su generosidad comenzó a desaparecer. Ellos designaron a Zlata Sergeievna para que llevara a los niños al baño en grupos. Ya no permitieron la distribución de agua, había que esperar turno para beberla en el baño.
El tiempo transcurría muy lentamente. Hacía muchísimo calor, un calor insoportable. Poco a poco nos fuimos quitando la ropa sin llegar a descubrirnos mucho. Disponíamos de muy podo espacio, todas estábamos agolpados en unas escaleras. Hubo un momento en que pude romper mis medias de invierno y quitármelas sin ser vista. Los niños de primaria se ahogaban de calor en sus uniformes de tela sintética.
Pasaban las horas y continuábamos sentadas en el mismo lugar, conversando con Madina. Esto era como para volverse locos. Teníamos la sensación de que todo esto estaba sucediendo en un mundo paralelo. Era muy extraño estar conscientes de que todo el planeta sabía por lo que estábamos pasando. Tratábamos de ser optimistas, incluso, llegamos a hacer una que otra broma. No había otra manera de sobrellevar nuestra realidad. En lo personal estaba segura de que lo mejor era no llorar, no evidenciar desesperación ante los ojos de ellos. De ninguna complacerlos al demostrarles que tenían poder sobre nosotros. Esas eran mis razones para no decaer, pero por alguna extraña razón tampoco tenía ganas de llorar.

31-08-2004

La tarde anterior estuvimos en la escuela ayudando a mi madre a decorar su aula. Dzera y yo dibujamos un afiche de Pinocho y el alfabeto para los niños de primaria. Después organizamos lo que llamábamos el almuerzo del Club de Damas Moscovitas: lavash con mayonesa, un litro y medio de limonada que compramos por 9 rublos. Nos sentamos las tres en las diminutas mesas de primaria: yo, Batik, Dzera, Madina, Alina y mi primo Timur. Ninguno de nosotros habría presentido la tragedia que se nos avecinaba. Estuvimos allí felizmente reunidos, hablando, riendo y dibujando. Eran como las tres cuando decidimos ir a casa.
Teníamos la fantasía de ser parte del Club de Damas Moscovitas y con frecuencia organizábamos largas tertulias. Por lo general, era a las tres de la tarde cuando retornábamos a casa, justo cuando cerraba la escuela. Las reuniones del Club eran en la oficina 33 (la oficina personal de mi mamá).
Hubo ocasiones en las que perdíamos la noción del tiempo y luego de cerrada la escuela teníamos que salir por las ventanas. Pero siempre existía esa sensación de quedarnos por siempre en aquel lugar tan sagrado y querido. Incluso, queríamos dormir allí. Ese era el pequeño deseo del Club de Damas Moscovitas.
Esa tarde, como a las dos, mi madre se dirigió al departamento de pasaportes para gestionar nuestros documentos de identidad y ciudadanía. Por alguna razón había un retraso en su llegada, claro, tomando en cuenta que debíamos pagar un soborno para obtenerlo más rápido. Gracias a la intermediación de un amigo policía pudimos obtener como “un favor”, lo que por ley ese mismo policía estaba en la obligación de hacer “como un deber”. Casualmente, al día siguiente, el 1 de septiembre, mi madre se preparaba para asistir a su primer día de clases con un “hermoso” pasaporte.

La primera explosión

A eso de las 5 de la tarde se escuchó una explosión. Se sintió dentro de la escuela, no muy lejos del gimnasio, en donde nos encontrábamos. Al cabo de unos minutos los rebeldes trajeron a la sala a un hombre herido, uno de los que minutos antes habían sacado.
Cerca de nosotras estaba sentada Fátima, la enfermera de la escuela, y fue por ello que el hombre herido fue colocado junto a nosotras. Ella pidió que le permitieran ir a la enfermería por medicamentos, solicitud que fue denegada. En vista de ello, tuvo otra opción que vendar la cabeza y el hombro de aquel hombre con una camiseta. Alana Kazanova se esforzaba por ayudar a aquel hombre, le limpiaba las heridas, le daba de beber agua, lo abanicaba para darle un poco de aire fresco. Todos nosotros estábamos inmersos en un gran estupor, pero la actitud de Alana fue ejemplarizante. Para mí, ella es una heroína. En ese momento sentía por ella gran orgullo, mientras que por mi sentía vergüenza.
El herido estuvo cerca de nosotras por largo tiempo, pero después, no sé qué sucedió. De un momento a otro desapareció.
Al final de aquel día ya habíamos olvidado el hambre y la sed. Era como las 8 de la noche cuando comenzó a llover. Enormes gotas golpeaban con fuerza en los ventanales. Por cuanto estábamos sentados cerca de las ventanas rotas, abríamos la boca haciendo esfuerzos por atrapar algunas gotas de lluvia. Las ganas de beber agua se despertaron. Mi madre nos cubría con su chaqueta, protegiéndonos del agua, pero yo me destapaba y regresaba a la lluvia. Debajo de aquella lluvia me sentía reconfortada. Creo que éste es el mejor recuerdo que conservo de todo aquel infierno.
Todos colocaban pañuelos y ropa en los ventanales para que se mojaran y así poder chuparlos o tan solo colocarlos sobre la cara. La lluvia refrescó el ambiente.
Por cierto, ya seria la hora de la cena cuando ellos trataron de instalar un televisor en el gimnasio (en un intento por distraer a los rehenes con los noticieros), pero no tuvieron éxito. Después se llevaron el televisor. Ellos dijeron que los noticieros dieron la cifra de 354 rehenes. En ese momento sentimos indignación, enojo, desesperanza, odio.
El pequeño deseo del Club de Damas Moscovitas
Llegó la noche y no teníamos ninguna noticia. Queríamos dormir, beber agua, pero no tenía hambre. Durante el día alguien repartió algunos chocolates, pero no quise ¿Para qué, si luego querría aun mas?
Poco a poco mucha gente se fue aglomerando a nuestro rededor pues estábamos junto a L.A., la directora de la escuela, ello proporcionaba al grupo una sensación de seguridad. Ella… la verdad… no creo que estuviera vinculada con los terroristas, pero nos decepcionó muchísimo como maestra, como ser humano y como una persona de edad avanzada. Considero que aunque se tengan 90 años, no puedes llevarte a la boca una medicina si a tu lado hay niños que se desmayan. No se puede actuar con egoísmo cuando eres el centro de todas las miradas, cuando todos se acercan a solicitarte ayuda, cuando las madres te piden una pastilla y tú respondes “no, no tengo más” mientras mantienes en tu boca esa pastilla que tanto se requiere. En una situación así no hace falta ser el héroe, tan solo se debe ser humano, con letras mayúsculas. Puede que no tenga la razón, pero es mi manera de ver las cosas, esa es mi moral.
Desde el primer día hicimos esfuerzos por no decaer, por mantenernos firmes, porque el pánico no se apoderara de nosotros. Por cuanto Zalina era sicóloga, varias veces la había escuchado decir que lo mejor era no entrar en un ciclo destructivo con todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Entonces bromeábamos, incluso, echamos mano del humor negro. Sí, decidimos mantener una actitud positiva.
Durante toda la noche nos turnábamos en parejas para dormir en el suelo una hora. Mientras mi madre y Zarina dormían en el suelo, Madina y yo permanecíamos sentadas en un banquito. Cada hora nos cambiábamos de lugar. Algunos se recostaban sobre las rodillas o los hombros de otros. En general, estábamos devastados. En la madrugada el ambiente refresco. Los niños desvelados lloraban sobre los brazos de las madres exhaustas. En medio de toda aquella desesperanza se cumplió el pequeño deseo del “Club de Damas Moscovitas”, dormir en la escuela. Ojalá que nunca se hubiera cumplido.



DÍA 2

El segundo día, el más largo

Nos despertamos muy temprano, era como las siete. Al igual que el día anterior, el clima era cálido, sofocante. No teníamos hambre, pero sí una sed tremenda. Teníamos la boca seca. Queríamos dormir un poco, pero con ellos allí no se podía dormir.
De repente ellos empezaron a disparar, sólo Dios sabe para qué. A lo mejor, para demostrar que aún estaban allí, armados y apertrechados. Nosotros permanecíamos sentados en nuestro pequeño espacio, nadie se movía. Con cada disparo los bebés rompían a llorar, las madres se ponían histéricas. Ninguno de ellos sabia que hoy vendría el abuelo bueno de Aushev y se los llevarían (a las madres con bebes de pecho). Nosotros seguiríamos allí, esperando. Luego de la visita de Duzhev renació en todos la esperanza, para ser exactos, volveríamos a nacer, pero eso sucedería solo al final de la tarde.
Durante la jornada de ayer ellos caminaban en círculos por la sala gritando: “Nadie hace contacto con nosotros, nadie los necesita. Saldremos todos juntos de aquí con los pies mirando hacia adelante, nos ahogaremos juntos”.
Efectivamente, ni Dzasójov, ni Ziázikov se ponían en contacto.
L.A., la directora de la escuela dijo: “En la sala se encuentran los hijos de Mamsurov, prueben comunicarse con él”. Fue entonces cuando se pusieron de pie Zamka y su hermano. Ambos fueron conducidos a algún lugar, creo que a la sala de profesores. Pero, como pudo Lidia Alexandrovna traicionar a esos niños? Hasta nosotros, los estudiantes de educación media, adolescentes, entendimos que su acción era una vil traición. Acaso no era mejor guardar silencio? Ella reacciono de la misma vil manera cuando le preguntaron quien era de la administradora de la escuela. “Sveta, ¿en dónde está Sveta?” Respondió la directora, buscándola entre la gente. Gracias a Dios a ella no le hicieron nada, pero no había derecho. Ella habría podido decir: “No vino a trabajar porque estaba enferma”, y nadie la habría contradicho. Lo mismo se aplicaba a Fátima (la enfermera). Aunque, pensándolo bien, no sé cómo habría actuado yo de encontrarme en su lugar en una situación igual, estamos hablando de la vida de mil y pico de personas.
Al final del primer día nos dimos cuenta que estaban negociando con alguien y presentaron tres demandas:

1. Retirar las tropas deChechenia.
2. La presencia en el sitio de Vladimir Putin, Dzasójov, Ziázikov, Roshal y Aslajánov.
3. La separación de Chechenia dela Federación Rusa.
Los adultos se dieron cuenta de que no saldríamos con vida de allí luego de conocer las demandas de los terroristas. Cumplir con las tres exigencias era imposible.
Los niños, en su ingenuidad, preguntaban sin cesar: ¿Por qué no hacen lo que piden? ¡Que retiren esas tropas! ¡Que vengan esas cinco personas! ¿Qué es tan difícil?
Yo también me formulaba las mismas interrogantes, pero mi madre nos explicó que todo aquello era imposible de cumplir. Tardarían años en retirar las tropas. Ella lo dijo, pero no le creí, yo pensaba que todo aquello era sencillo. En ese momento yo no sabía que para el mundo no valíamos una carajo, que no le hacíamos falta a nadie. Yo pensaba creía que todo el mundo era noble y que esas cinco personas vendrían de manera noble y voluntaria a cambiar sus vidas por las nuestras. Yo estaba muy pequeña, era muy ingenua y tonta. Incluso, los terroristas eran más inteligentes que yo en ese sentido, tenían razón cuando gritaban que nadie se preocupaba por nosotros, que juntos estiraríamos la pata allí mismo, que nos ahogaríamos juntos, que escupirían sobre nuestras tumbas.
Cuando supimos del inicio de las negociaciones, escuche decir a alguien que ellos exigían la presencia de Rozhalia, pero escuche mal y lo confundí con Ruzhailo.
Recuerdo haberle preguntado a alguien: “¿Para qué quieren a Ruzhailo. Acaso Putin no lo saco del puesto?” Entonces me aclararon mi duda. En ese entonces yo no sabía quién era Rozhal. Había escuchado que era un pediatra que viajaba por el mundo ayudando a la gente. Incluso, me pareció haber escuchado ese apellido durante la toma de rehenes del teatro Duvrovka, en Moscú.
Ellos no permitían que tomáramos agua, aseguraban que estaba envenenada. Nos dejaban ir al baño de manera selectiva. A las puertas del baño se formaba una cola que ellos disolvían con gritos y amenazas.
El segundo día fue largo y tedioso, demasiado quizá. No teníamos nada que hacer, se nos dormían las piernas, lo único que queríamos era tomar agua e ir al baño.
Nosotras continuábamos sentadas en el mismo lugar, hablando de cualquier cosa. No teníamos animo, pero, sin embargo, hacíamos esfuerzos por hacer pequeñas bromas.
De vez en cuando sonaba un celular (hoy me resulta gracioso recordar a un terrorista hablando por un diminuto celular con forro color rojo, evidentemente femenino. Sólo que en ese instante no nos fijábamos en ello). La melodía era Nokia Tune. Hoy, cuando escucho ese sonido experimento un estado de alerta y ansiedad.
Una vez más sonó el celular. Ellos hablaban en voz alta, gritándole al celular. A veces eran irónicos. Quizá pensaban que sus interlocutores mentían descaradamente. No utilizaban groserías, o no se escuchaban. Nosotras estábamos ubicadas en un sitio privilegiado en donde todo se escuchaba. En lo que a mí respecta, fue mucho lo que escuche. Junto a mi había una ventana, lo que nos permitía respirar un poco de aire fresco, con respecto a otros que se ahogaban en el centro de la sala. El enorme grupo estaba sentado de manera tan compacta que el aire se agotaba y al final de ese segundo día caían desmayados.
Madina y yo ocupamos un puesto en la hilera humana que se dirigía al baño. Pasamos junto a Albina Viktorevna, quien sostenía en su regazo a una alumna de quinto grado. La niña yacía casi sin fuerzas mientras que A.V. le acariciaba el pelo con sus manos, con voz dulce y pausada respondía a sus respuestas y trataba de calmarla.
Al percatarse de nuestra presencia Albina Viktorevna nos pregunto si estábamos bien. Con mucha suavidad atino a decirnos: “Todo saldrá bien”. Sentí una alegría enorme al verla, como si se tratara de un pariente querido que no hubiera visto en años. Este nos lleno de ánimo, a Madina y a mí.
En esa misma hilera encontramos a nuestra amiga Dzera y le preguntamos en donde estaba sentada. Madina trato infructuosamente de convencerla para que se sentara en nuestro grupo, pero Dzera dijo que estaba junto a Zarina V y que no la dejaría sola.
Proseguimos nuestro peregrinar hacia el baño, solo que en esta oportunidad “ellos” nuevamente disolvieron la cola con gritos y amenazas.
En la manan del segundo día junto a mi paso uno de ellos con unos periódicos en la mano. Percibí el olor a papel fresco y empecé a preguntarme de donde habría sacado esos periódicos. Me hice la misma pregunta cuando uno de ellos paso a mi lado con un balde de agua, a pesar que decían que estaba envenenada.
El día transcurría lento… Ningún movimiento, ninguna noticia. Ya casi no teníamos fuerzas para una broma mas, el ánimo decaía, pero buscábamos fuerzas para mantenernos.
No nos permitían ir al baño. No repartían agua desde el inicio de la toma de rehenes. La situación cada vez era más difícil para todos.
De repente se inicio un movimiento extraño entre los terroristas. Levantaron a la directora L.A. y se la llevaron con rumbo desconocido. Al cabo de un rato ella regreso acompañada con un hombre vestidos de camuflaje militar. Jamás lo había visto. La directora dijo unas palabras y acto seguido comenzó a hablar el. No pude escuchar lo que dijeron por encontrarme cerca de la puerta, pero cuando dejaron de hablar los rehenes comenzaron a reír y aplaudir, algunos lloraban.
Yo pensaba que la situación era ya muy pesada para muchos, sicológicamente. Muchas madres se levantaron con bebes en sus brazos. Luego, corrió hasta nosotras el rumor que ese señor, Aushev, las sacaría de allí. Gracias a ese señor se salvaron muchas vidas.
Desde el primer momento las mujeres hacían listados de cuántos niños pequeños había en la sala, y al mismo tiempo sembraban en sus madres la esperanza de que pronto saldrían de allí. Perdí la cuenta de las veces que la gente hablaba entre si dando una hora exacta de la liberación de las madres con sus críos. “Dentro de una hora, dos horas, en la tarde, mañana a las 11”. Por lo visto, la esperanza ayudaba en momentos de extrema dificultad.
Una vez que se retiro Auzhev mejoro la atmosfera en la sala, aunque no aminoraba el calor. Un anciano se sintió mal. Junto a él estaba sentada una mujer vestida de negro, quien solicito ayuda a los terroristas, recibiendo como respuesta: “No le daremos nada, que se muera”.
La mujer reacciono con indignación contra aquel guerrillero, quien no dudo en colocar su arma justo en la cara de la mujer. Ella no tuvo miedo y llego a decir algo como “dispara”.
De alguna parte salto Lidushka gritando: “Muchachos, por favor, no es necesario. Tengan piedad de una viuda”.
Esa mujer tenía un rostro hermoso, pero firme, con líneas muy bien definidas. Aquella mujer sobrevivió. Fue transportada a un hospital de Moscú con fractura de cráneo abierta.
Entre las 9 y las 10 de la noche despertó en los terroristas un poco de humanidad. Permitieron que las personas mayores y estudiantes, por iniciativa propia, pasaran la sala de entrenamiento. Allí el ambiente era más fresco, hasta ese día jamás había entrado al lugar.
Nos sentamos sobre el piso desnudo de cemento. Jodov nos dejo allí y salió de la sala. En la sala de entrenamiento hacía guardia un terrorista que llevaba la cara cubierta por un pasamontañas, sin embargo podíamos ver que tenía un ojo morado, un hematoma.
Este hombre nos permitió entrar a las duchas, algo que resulto ser un alivio. Todo el día habíamos aguantado las ganas de orinar.
Entre a la ducha junto a Madina y su hermano menor Dzambiko. El suelo estaba cubierto de vidrios rotos, por lo que tuve que cargar al niño. Era sumamente delgado y alto. En las paredes había afiches de futbolistas, basquetbolistas y voleibolistas. Mientras que Madina estaba en el baño, yo entretenía al niño hablándole de futbol, su pasión. Luego fue mi turno, pude tomar agua. Creo que en mi vida no he vuelto a probar un agua tan divina y agradable, ella calmo mi sed. Me daba igual si estaba envenenada o no. Tuvimos que regresar rápido a nuestros lugares ante las amenazas del terrorista, pues todos tenían que ir a baño y el estaba preocupado por el pronto regreso de Jodov, sin embargo, este se percato de que los rehenes habíamos estado en las duchas y la emprendió a gritos contra el uniformado.
Nos acostamos a dormir. Mi madre coloco a su lado a Dzambika, era apenas una criaturita, uno de sus consentidos. Yo busque un lugar a su lado tratando de alcanzar con mis brazos a mi mama. El niño estaba semidesnudo y por cuanto tenía problemas con sus riñones, mi madre y yo tratábamos de calentarlo.
Ya nos habíamos acostumbrado a las descargas de armas automáticas. Casi sin darnos cuenta nos quedamos profundamente dormidos teniendo de fondo la “música de las balas”.

DÍA 3

3 de septiembre de 2010 2:48 a.m.


Para ser honesta, no pude escribir sobre el Día 3 paso a paso. Las memorias que guardo de ese día me producen un dolor tan profundo, que me impide plasmarlas en el papel. He tratado infructuosamente de terminar mis notas, pero se me dificulta recordar todo de principio a fin.

El desenlace

Nos despertamos temprano. Era aproximadamente las 6. Aun estaba oscuro cuando nos llevaron de vuelta a la sala de deportes. Nuestros puestos en las escaleras ya habían sido ocupados, y como resultado fuimos a parar en el centro de un anillo humano, justo en la mitad de la enorme sala.
El tiempo transcurría lento, demasiado. Hubo momentos en que pudimos dormir. Nos moríamos de sed. Ya no teníamos fuerzas siquiera para movernos un poco.
Vi a algunas personas que sostenían en sus manos recipientes con un liquido amarillo, de inmediato no comprendí de que se trataba, era orina.
Durante todo ese tiempo junto a Zarina estuvo su primo, de primaria. Ella se preocupaba mucho por su débil estado, pedía agua constantemente, estaba deshidratado. No recuerdo de donde ella saco un recipiente medio roto y lo lleno de orina para darle de beber a su primo, al tiempo que le mojaba la cara y la suya también. Aunque mi sed era mucha, no pude superar el asco que me producía el líquido. Zarina tan solo llego a mojarme la cara y los labios. En aquel momento no me pareció tan asqueroso.
Cerca de nosotras estaba sentado un niño que estaba al borde de la histeria. Pedía nuestros números telefónicos como queriendo aprenderlos todos de memoria para llamarnos cuando todo esto terminara.
Cuando el niño se percato de que estábamos usando orina, lanzo el recipiente lejos y comenzó a gritar que no tomáramos ese “aceite”.
Queríamos dormir. Ya no soñaba con nuestra liberación sino con la muerte, porque me parecía el final más probable. En ese tercer día tan todos queríamos un final, cualquier final, con tal de que todo esto terminara.
Extremadamente débil y soñolienta, me acosté sobre el piso para dormir, pero los guerrilleros amenazaron con fusilar a todo aquel que se desmaya perdiera le conocimiento. Fue entonces cuando mi madre dijo: “tenemos que levantarnos”. Debido a que ya no teníamos fuerzas para permanecer sentadas sin apoyo alguno, Zarina y yo apoyamos nuestras espaldas, la una de la otra. Mi madre también estaba sumamente cansada.
Zarina me pregunto la hora. Durante todo este tiempo pude orientarme con la hora, pues cargaba conmigo mi reloj preferido color rojo que me regalo mí hermana. Era la una de la tarde. Sonó un teléfono. Llamaban con frecuencia a los terroristas y ellos nos contaban todo cuanto les decían, o al menos así me parece.
“Están retirando al ejercito de Chechenia”, dijeron. “De confirmarse esa información comenzaremos a liberarlos poco a poco”, agregaron.
Justo en ese instante, por primera en tres días, me embargaron unos enormes deseos por llorar, porque había esperanza de que todos saliéramos de allí. Luego… solo perdí el conocimiento y cuando volví en si el techo se estaba quemando sobre nosotros, todo se desmoronaba, a mi alrededor había gente tirada por todos lados.
Lo primero que vi cuando me levante fue el cuerpo calcinado de un terrorista sobre una silla, el dispositivo con explosivos había estallado y otro terrorista le echaba agua con un balde.
Los terroristas nos gritaron que saliéramos de la sala hacia el corredor. Mi madre y yo salimos de allí juntas. Llegue a ver una herida en mi mano izquierda, pero no vi ni sentí otras. Mi madre tenía un agujerito pequeño en el omoplato derecho. De camino a la salida trataba de caminar con cuidado, había cuerpos por doquier, fragmentos del techo, pedazos de madera humeante. Junto a la puerta vi algo que aun ronda por mi cabeza cada vez que pienso en el atentado… Vi el cuerpo de una niña delgada. Cuando mire más arriba de su cuello no veía la parte superior de su cabeza, su cerebro estaba descubierto, un amasijo medio blanco medio rojo sobre una hermosa carita, pero muerta. Ese fue el momento más espantoso, cuando realmente tuve conciencia de que todo aquello era real.
Los terroristas nos llevaron de la sala de deportes hacia el comedor. Allí algunos rehenes pudieron tomar agua de baldes y los niños comían galletas con desesperación. Lejos de mi pude ver a un hombre que sostenía un niño en sus brazos. La criaturita llevaba pantalones y una camisa blanca, en el centro de la cual tenía un enorme círculo rojo. El niño respiraba con dificultad y al hacerlo emitía un ronquido como el de un extraño animal. Al verlo mi madre me pregunto: “¿Ese es mi Vovka?” Creí reconocerlo, pero en aquel angustiante momento no podía estar segura de nada. Era como si mis ojos, mi conciencia, mi psique me hiciera una mala jugada.
Una pequeña de unos ocho años se aferro a mi madre y le decía: “Galina Jadzhievna, yo la conozco. ¿Me puede llevar a vivir a su casa? Mi mama y mi hermana murieron. Estoy segura de eso. Yo misma vi cuando de su boca salió sangre. Lléveme a vivir con usted. Yo sé vestirme sola y bañarme también, si? Por favor”. Mi madre tan solo movía la cabeza buscando una respuesta, trato de tranquilizarla y la mantuvo cerca.
Los terroristas obligaron a los rehenes a colocar a los niños cerca de las ventanas (en el comedor estaba protegidas por barrotes) para que sacudieran trapos blancos y gritaran a los soldados que no dispararan. Las mujeres no quisieron utilizar a sus hijos como carnada y ellas mismas se colocaron frente a los ventanales. Los demás estábamos tirados en el piso (a mi casi me ahogaron, mi madre me ayudo a salir debajo de una montana de cuerpos).
Luego hubo otra explosión, muy potente. En ese momento yo miraba hacia el techo cuando una oleada caliente me cubrió de pie a cabeza. Tan solo llegue a pensar: “Este es el fin, llego la hora de mi muerte”.
Desperté. La palma de mi mano colgaba, la sangre banaba mi querido reloj. Me fije en mi pierna y vi que debajo de la rodilla tenía una herida de donde sobresalía algo blanco, brillante, parecido a un hueso. No me dolía nada, tan solo resultaba difícil levantar mi mano y mi pierna. Mi madre yacía a mi lado. “Mi pierna”, alcanzo a decir. “Vete”, agrego.
Nunca podre perdonarme el haber cumplido su orden. Di la vuelta y me fui, dejándola allí. Aun no comprendo que fue lo que paso por mi mente, por qué ese acto de traición.
Gatee hasta las ventanas con los vidrios rotos, junto a las cuales estaban las tuberías de la calefacción. Sobre esas tuberías yacían los cuerpos de dos niños semidesnudos. Eran muy parecidos, como hermanos. Sus ojos… Al parecer, estaban en la ventana sacudiendo trapos blancos, o tal vez quisieron lanzarse hacia la calle.
Para alcanzar la calle me faltaba tan solo un movimiento cuando mi pierna herida de atasco en una grieta. No sentía mi pierna, no podía encontrarla siquiera, la halaba, hacia toda clase de esfuerzos sin éxito.
Abajo me esperaban los soldados. Me gritaban: “! Vamos cariño, tu puedes!”. Pero yo no podía hacer nada. La impotencia y la desesperanza se apoderaron de mí y rompí a llorar. Por primera vez, después de tres días, realmente estaba llorando. Saque fuerzas de donde no las había y como pude libere mi pierna. Sentí cuando unos brazos me sostuvieron con fuerza, me colocaron sobre una camilla, me sacaron por varias puertas, me metieron a una ambulancia y me llevaron no sé dónde. Durante todo el trayecto mi pierna derecha se mecía a voluntad de manera extraña. Una mujer en la camilla de al lado tomaba agua con desesperación. A mi todo me daba igual. No tenía fuerzas siquiera para sentir alegría.
Luego me encontrarían mis familiares, me trasladarían al hospital de Vladikavkaz en donde compartiría la misma sala de operaciones con mi mamá, pero solo lo sabría después. Posteriormente liberaría una feroz batalla conmigo misma, tratando de convencerme de que no me encontraba en cautiverio. Leeré a mi hermana los artículos de prensa y de manera casual encontraré las notas de condolencia por el triste fallecimiento de mi madre. Por teléfono me dirán que no existe el Club de Damas Moscovitas, que Dzera murió, que Arcena no se encuentra entre los vivos, que Alanka –mi heroína durante los tres días de cautiverio- murió, que a Sabina la velaron en un ataúd cerrado después de la autopsia, que Alvina Viktorevna logro sacar algunos niños, que los más fuertes y nobles fallecieron, que se quemaron, que desangraron… Y una cuenta interminable de que…
Aun hoy hay gente que muere a consecuencia de este acto terrorista. Aun hoy hay gente que vive una y otra vez las horas de terror de eses tres días. Yo misma, tan solo he podido siquiera la mitad de todo.

4 de sept, 2012

La memoria – una cosa maravillosa: ella trata de olvidar todo lo malo, todo lo horrible, aquello que duele. Hoy no he pensado en nada. Durante tres días no he recordado nada de lo que sucedió No leo horribles artículos de prensa sobre aquel acto terrorista. Lo hago, solo si el tema gira en torno a las investigaciones o las labores de rescate. Más sin embargo, esta noche algo me impulso a escarbar en mis recuerdos. Sentimientos maravillosos: leo mis notas como si fuera un lector más, ajeno a todo. Ya no lloro. No me duele. No permito que nada de esto me afecte. Después de ocho años he aprendido a sobrellevarlo. Soy feliz porque esto pasó hace mucho. Es difícil describir mis sentimientos, explicarlos. El tiempo no cura las heridas, pero las anestesia para que no duelan”, escribió Agunda Vataeva en su blog.

Nota:

Si desean mas información sobre el tema puedo recomendarles los siguientes links:

http://yahel.wordpress.com/2010/04/28/la-masacre-de-beslan-relatada-por-los-ninos-sobrevivientes/
http://www.larepublica.pe/node/121498/print
http://www.elmundo.es/elmundo/2004/09/02/internacional/1094130608.html


jueves, 4 de octubre de 2012

La elefanta Lucky se despidió por la puerta trasera

Eran las 5 de la mañana cuando las viejas rodillas de Lucky cedieron ante sus tres mil kilos de peso.


Llevaba varios días durmiendo de pie, apoyada de la baranda de metal con su trompa extendida, mirando en dirección a la redoma de El Toro, en Maracay, lejana al bullicio de la ciudad.
Desde hace 59 años ocupaba el mismo lugar, testigo indiferente de campañas electorales, golpes de Estado, días de fiesta, y por supuesto, domingo a domingo siendo la atracción principal del zoológico que abrió sus puertas en 1.915 por iniciativa de Juan Vicente Gómez.
Ayer, con los primeros rayos del sol, toda la ancianidad de Lucky se desplomó. La cotidianidad de Las Delicias acabó en segundos. La valla del zoológico era un tapiz multicolor humano. Los niños angustiados miraban impávidos a su heroína caída en desgracia.
Hace 10 años Lucky afronto una crisis igual o peor. En aquel entonces, apenas se supo la noticia, de inmediato se activo una campaña por radio, prensa y televisión (no existían las redes sociales) para salvar a Lucky. Cajas de medicamentos, suero, antibióticos llegaban al zoológico donadas por empresas privadas y público en general. Desde la Colonia Tovar, San Casimiro, Camatagua o el Valle de Tucutunemo los productores del campo enviaban cestas de verduras. Lucky requería 140 kilos de alimentos diarios.
En la crisis actual, tal y como lo sostienen sus veterinarios y cuidadores, la Gobernación de Aragua enviaba tan sólo 40 kilos de zanahorias a pesar de la dieta de emergencia que debería incluir una rica y variada dosis de verduras y pasto verde. Los antibióticos prescritos tampoco llegaron.
El cuadro clínico de la longeva paquidermo poco a poco se fue agravando. Incluso, ayer, cuando grupos de voluntarios iniciaron una recolecta para la compra de medicamentos en el mismo lugar donde la policía aplica su "matraca", los uniformados impidieron la acción por órdenes de la directiva del zoológico y funcionarios de Gobernación.
Lo poco que se recolectó fue destinado a la compra de pan, jamón, queso, mayonesa y salsa de tomate para preparar los famosos “zanduches” impelables en cualquier operativo del voluntariado. Con ellos se alimentó a trabajadores del zoológico, estudiantes de veterinaria de la UCV, bomberos y curiosos que trabajaron hasta las 9:00 p.m., en la necropsia del animal.
Jorge Antonio Olivo Blanco “Pelon”, su cuidador por 22 años, fue el primero en manifestarse al respecto: “Cuando regresé de vacaciones y la llame, noté que Lucky no era la misma, no era su misma mirada. Cuando ella me escuchaba pegaba una carrera, saltaba y daba trompazos. Comencé a indagar y supe que se había tragado un mecate, le dimos forraje a pesar de que el mecate ya había salido, pero al parecer en su recorrido daño algo en el estómago, que fue lo que vimos anoche en la necropsia, tenía una fuerte infección. Claro, aunado a la edad que tenía, la mala alimentación y la falta de antibióticos  poco a poco se fue debilitando hasta que ayer cayó. Incluso, jamás le practicaron una endoscopia que tenía prescrita. Cuando la tratamos de levantar con la grúa me dio una última mirada como diciéndome ´suéltame porque ya no puedo más´, la bajamos al suelo y allí entre mis manos murió”.

El aplauso del adiós
Lucky se desplomó a las 5:00 a.m., de inmediato los pocos trabajadores que se encontraban en el zoológico se declararon en emergencia. “Pelón” no se despegaba de su lado, mientras que al lugar fueron llegando funcionarios de Inparques y Gobernación. Era claro el papel de cada quien: obreros, veterinarios, voluntarios, personal de Inparques y bomberos revoloteaban alrededor del paquidermo, administrándole suero, mojando su dura piel con agua, más allá funcionarios con celular en mano en interminables conversaciones que no arrojaban ningún resultado.
Era necesaria una grúa para alzar al animal. La cerca de la exhibición estaba soldada, no había manera de sacar al paquidermo, así que también se requería de equipo de oxicorte.
Las horas pasaban y la grúa no llegaba, los signos vitales del animal se hacían cada vez más débiles. Una vieja grúa con una corroída identificación de Cadafe arribó al lugar y la cerca de tubos de metal fue removida.
Eran las 11:00 a.m., habían transcurrido 6 horas desde el desplome de Lucky. Amarrar al animal para elevarlo no fue tarea fácil. “Pelón” dirigía las acciones tratando de ocasionar la menor incomodidad a la elefanta.
En mi reloj eran las 11:10 a.m., cuando se produjo un corto circuito en la zona con el consecuente apagón, una bandada de aves alzo vuelo en ensordecedor alboroto y los perros de toda la cuadra estallaron en aullidos lastimeros. La grúa alzo al animal, desde la calle adultos y niños gritaban “vamos Lucky, levántate”. Solo unos breves segundos estuvo de pie, miro a su cuidador en señal de despedida. Ajenos al entristecedor momento el público reventó en aplausos. Las rodillas del paquidermo nuevamente se flexionaron ante la mirada atónita de todos y se desplomó, dejando escapar un largo resuello. Un breve silencio mortal. La angustia sustituyó el entusiasmo. Antes de pronunciar palabra alguna las lágrimas en caída libre en los rostros y un nudo en la garganta que no dejaba pronunciar palabra alguna. Lucky había muerto.

Necropsia al aire libre 


La necropsia de Lucky se llevó a cabo al aire libre, en un piso de cemento frente a lo que llaman el hospital del zoológico.
El instrumental quirúrgico estaba compuesto por una moto sierra, un hacha, varios cuchillos de carnicería, una cajita de guantes esterilizados y una manguera por la que salía un chorrito de agua con el que trataban infructuosamente de limpiar la sangre que emanaba del animal.
La operación se inició a las 2:00 p.m., al frente de la cual se encontraba el patólogo Víctor Bermúdez, profesor de la Universidad Central de Venezuela, quien sostenía en sus manos un diminuto escalpelo. Le asistían los veterinarios de Lucky, un equipo de estudiantes de veterinaria de la UCV, efectivos bomberiles, de Inparques y obreros del zoológico. “Pelón” revoloteaba entre los presentes y con guantes estériles en sus manos ayudó en todo el proceso.
 Durante seis horas sólo se escucharon términos técnicos.
El dantesco cuadro se blindó con el más absoluto profesionalismo y respeto, nadie se atrevía a reír, ni siquiera a formular un chiste de mal gusto.
Lentamente la enorme paquiderma quedó reducida a trozos de carne sobre el cemento. Los especialistas escudriñaban en sus entrañas buscando alguna pista que pudiera arrojar la causa de su muerte. Estómago, intestinos, riñón, hígado, corazón, pulmones, todo fue escrutado. Las muestras se iban metiendo en frascos de plástico de salsa rosada llenos de un líquido transparente.
La noche irrumpió y con ella se hizo evidente el descontento de obreros y trabajadores del zoológico, quienes aprovecharon las sombras para poder hablar entre dientes sobre la muerte del ícono de la institución.
Luego del deceso de Lucky, cuidadores y obreros denunciaron ante las cámaras las irregularidades en el cuidado de los animales del parque. “Segarra le está formando un peo a Cañizalez y le exige que grabe a los que hablaron por TVS, porque mañana están botados”, comentó un obrero a mis espaldas. “Que nos boten, pero esta vez no nos vamos a quedar callados, esta vaina no se puede quedar así”, replicó su interlocutor.
El reloj marcaba las 8:30 p.m., cuando el patólogo se retiró.
Los obreros del zoológico hicieron esfuerzos por cargar en un camión volteo las entrañas de Lucky, sin contar con montacargas ni otro tipo de maquinaria para tal operación. Los pesados intestinos resbalaban entre las manos de los obreros, llegando incluso a bañarlos en sangre de pies a cabeza tratando de montarlos por el borde trasero del camión. Un fuerte hedor a heces y sangre se desató en el lugar.
En la oscuridad de la noche el camión volteo enfiló hacia los linderos del Parque Henry Pittier para descargar las entrañas de Lucky en una fosa abierta horas antes. Tres sacos de cal fueron suficientes para tapar los restos. En el solitario paraje no había ya maquinaria para tapar la fosa, los restos quedaron expuestos durante toda la noche.

La orden final 

Hoy como todos los días “Pelón” llegó al zoológico temprano.
Eran las 7:00 a.m., cuando varios trabajadores, obreros y veterinarios ya estaban en los alrededores del hospital de la institución, en el mismo sitio donde la noche anterior se había efectuado la necropsia. Allí, yacía la cabeza y las extremidades de Lucky, tan solo tapados por una enorme tela de costal blanco manchada de sangre.
Nubes de moscas se colaban por debajo de la tela y el olor a sangre en descomposición era penetrante. En un murito de cemento estaba sentado “Pelón”, con la mirada perdida y los hombros caídos.
Las labores de despacho de alimentos a los animales ya había comenzado, hecho que condimentaba aún más el descontento de los presentes. “Ahora si tenemos las neveras full de comida, ahora sí nos trajeron medicamentos para los tigres, pero eso no dura mucho, esto es puro show” atinó a decir a viva voz un obrero que cargaba una carretilla con verduras para los chigüires. “A las 11 viene la prensa, vamos a ver que van a hacer con Lucky aquí en pedacitos”, replicó otro trabajador. “Que nos voten, ya está bueno de tanto miedo, de tanto silencio. De todos modos, si seguimos así los animales se van a morir de hambre, y a este parque lo van a cerrar para construir casas” sentenció un tercero.
A las 9:00 a.m., alrededor de los restos de Lucky ya estaban reunidos el director del parque, Israel Cañizalez, y el director regional de Inparques, Alejandro Díaz, pero nadie asumía una decisión sobre la deposición de las extremidades de Lucky, como tampoco sobre tapar por completo la fosa con sus entrañas, toda vez que el buldozer aportado por el Ministerio de Transporte y Comunicaciones de Aragua estaba siendo requerido con urgencia en el muro de contención del Lago de Valencia.
Se hablaba de la solicitud hecha por la Facultad de Veterinaria de la UCV para recibir las extremidades de Lucky, pero no se contaba con la grúa ofrecida por Elecentro para el izamiento de los trozos del animal.
Tampoco se contó con el aporte de un camión volteo. Por otra parte, ninguna autoridad universitaria se apersonó al sitio para garantizar que existían las condiciones para conservar los restos de la paquiderma, tomando en cuenta que el recinto universitario estaba cerrado por la cercanía de las elecciones presidenciales.
Cañizalez leía tranquilamente la prensa, mientras que “Pelón” se desesperaba ante tanta indolencia.
Los presentes guardaban silencio a la espera de las instrucciones de parte de la alta gerencia.
La orden final la dio “Pelón”: “Se entierra y punto. Si seguimos así, mañana todavía voy a tener a mi Lucky aquí tirada como un perro”.
Pero había un problema: se disponía del buldozer, pero no de un camión volteo para trasladar los restos. El director Cañizalez continuaba su lectura y hablaba por teléfono. Era un hecho que la solución no vendría de sus labios. “Pelón” salió del zoológico a bordo de una moto y buscó los servicios de un camión 350, cuyo chofer exigió 500 bolívares por el traslado.
De inmediato el buldozer inició labores de carga, tratando infructuosamente de levantar cada extremidad.
Ni cinco hombres lograban levantar cada trozo y colocarlo sobre la pala. Para cargar la cabeza se requirió arrastrarla con la pala y en envión aprisionarla contra un muro que sirviera de apoyo. Todo el profesionalismo del día anterior había quedado reducido a cenizas, la premura por el rápido deterior del animal y la falta de equipos y grúas hacían necesaria tan brutal maniobra.

La versión oficial 

La rueda de prensa estaba convocada para las 11:00 a.m., en el pasillo de la vieja casona que sirve de sede a la dirección del zoológico, evento que estuvo presidido por Jorge Segarra, Presidente de Fundaparques, el capitán Miguel Matañiz, Director General de Inparques, Israel Cañizalez, Director del Zoológico de Maracay, Alejandro Díaz, Director Regional de Inparques, y el capitán Alejandro Montoya, segundo Comandante del Cuerpo de Bomberos de Aragua.
Cañizalez presentó la versión oficial del deceso de Lucky:
“A finales del mes de julio el animal amaneció con una excrecencia en el recto, producto de una cuerda de nailon de 5,5 metros que se trago. En el tránsito por el tracto digestivo el nailon ocasionó daños, los cuales quedaron en evidencia a lo largo de la necropsia practicada al animal. En primer término debo decir que Lucky presentaba un cuadro de vejez. El corazón tenía las paredes delgadas. Los pulmones tenían enfisema, lo que nos arroja un cuadro de deficiencia respiratoria. En el estómago se encontraron laceraciones ulcerosas, producto de los daños ocasionados por un nailon que se trago. Hubo dilatación y ruptura de las paredes del estómago. En el intestino se encontraron laceraciones. Los riñones presentaban alteraciones típicas de su edad”.
Agregó que la semana pasada el animal había presentado pérdida del apetito, así como reducción del número y cantidad de evacuaciones.
A su parecer, el deceso de Lucky se debió a una suma de eventos y condiciones que desencadenaron un colapso de su condición.

Sin honores y por la puerta trasera 

Lucky era un ídolo para los niños maracayeros, un ícono de la ciudad. Algo así como el león Alex o la cebra Marti para los pequeños neoyorkinos del film Madagascar. Con la sola diferencia de que su compañera la hipopótamo “Kenia” murió producto de una inofensiva pelota de goma que se le alojó en su tracto digestivo, la cebra “Rayas” también falleció, así como también el alegre gorila “Pancho”. Unos años atrás fallecieron también los leones “Gazpar”, “Goliat” y “Dalila”.
Hasta ayer en su soledad, la acompañaba un burrito blanco que también está enfermo, y su fiel cuidador Jorge Antonio Olivo Blanco “pelón”, quien por espacio de 22 años compartió con ella las buenas y las malas. Ella era como su hija, su princesa, su alfa y su omega.
El cortejo fúnebre del ícono de Maracay, la elefanta Lucky, salió por la puerta trasera del zoológico de Maracay hoy a las 9:30 a.m. , como si se tratara de una vergüenza, de una ladrona que lo único que hizo en vida fue robarle los corazones a los niños que visitaban el parque.
Su carroza fue la corroída tolva de un viejo Ford 350, escoltada por una volqueta Maz de producción bielorrusa y un buldozer chino.
Los 500 bolívares para el pago del traslado fueron aportados por los mismos trabajadores del parque.

Para que sus restos descansen en paz no revelaré el sitio en donde Lucky fue enterrada.
El icono de Maracay enterrada sin honores
Tan solo puedo decir que el acto del sepelio fue a las 10.00 a.m., luego que la tolva se alzó al borde de la fosa dejando caer los restos de la mejor amiga que tuvo Aragua.
Un ramillete de tres flores de árnica fue su única corona. No hubo honores, ni palabras, tan sólo tres bolsas de cal y varias toneladas de tierra para que nadie ose molestar su descanso.
Antes de que el camión con sus restos saliera del zoológico, “Pelón” alzó la vista para despedirla. Minutos antes me había dicho: “Dicen que van a recuperar sus huesos, pero eso es otra mentira más de las que he oído. Lo mismo dijeron cuando murió el león Goliat. Yo mismo participé en la separación de los huesos, limpiamos la piel y la colocamos en un tanque con jugos para conservarla. Se gastaron la plata y todo eso se pudrió. Lo mismo fue con el gorila Pancho, se lo llevaron a la universidad y hasta el sol de hoy no sabemos nada de él”.
El corral de Lucky está vacío. El burrito blanco se pasea de un lado a otro, la tristeza en su mirada es inmensa. En la calle la gente se detiene un segundo ante la reja, y luego sigue su camino. Parece que la indolencia es general.
"Pelon" jugando con Lucky
Sentado en un banco “Pelón” observa el corral y recuerda los mejores momentos con su amiga:
“Un día estaba jugando con ella y de repente me tomó de la pierna y me alzó, dejándome boca abajo. Yo me asusté, pensé que me iba matar. La llamé por su nombre y me bajo suavecito y luego con la trompa me tocó la cara como si me estuviera dando un beso”.
-Y el mayor susto que te dio?
-El día que una señora trató de tocarla con un paraguas, Lucky se lo quitó de la mano y se lo comió. Imagínate, nos declaramos en emergencia. Le dimos de comer forraje y al día siguiente defeco el paraguas completico. Lo armamos, y si, allí estaban todos los tubos completos. Que susto me dio.
En lo personal, en mi niñez, de camino a Choroní, mi padre se detenía para comprarle un bolívar de pan, ello representaba una bolsa enorme que devoraba gustosa. En ese entonces su lugar de cautiverio colindaba con la avenida y podíamos tocar su trompa y darle de comer.
Amiga, yo tampoco te olvidare.

martes, 6 de noviembre de 2007

Características de la crónica


La palabra crónica deriva del griego "cronos" que significa "tiempo".
Muchos autores coinciden en admitir que la crónica nació en América del Sur, teniendo como antecedente los relatos de los primeros conquistadores españoles, quienes plasmaban en bitácoras sus impresiones sobre el Nuevo Mundo. Dichos relatos eran extensos, cargados de detalladas descripciones y emotividad.
Los conquistadores españoles hicieron intentos por describir lo nuevo que estaba ante sus ojos, chocando una y otra vez con aquello que esperaban encontrar y lo que encontraron, tratando de describir echando mano de la adaptación de lo que no se sabía a lo que sí: describir el sabor y la apariencia de una fruta tropical partiendo de otra conocida en Europa, describir la selva, la fauna, las tradiciones indígenas, los peligros, tristezas y alegrías a partir de sus propias vivencias y siempre comparándolas con la cultura natal.
Podemos definir a la crónica como un relato detallado, objetivo (o subjetivo en algunos casos)  y cronológico de hechos, acontecimientos e historias comunes que no son considerados como una noticia. La crónica se considera un género interpretativo.
Al contrario de la noticia que se arma de manera rigurosa, tomando como base la Pirámide Invertida (estructura que sugiere escribir organizando la información con los datos presentados de mayor a menor importancia, a través de la respuesta a las denominadas 5 w y 1 h: qué (what), quién (who), cuándo (when), dónde (where), por qué (why), cómo (how)), la crónica es libre, ágil; y mientras la Noticia pierde la atención del lector después del “lead”, la crónica lo envuelve desde la primera hasta la última línea.
Martín Caparros, escritor y periodista argentino sostiene: “La crónica es el género de no ficción donde la escritura pesa más. La crónica aprovecha la potencia del texto, la capacidad de hacer aquello que ninguna infografía, ningún cable podrían: armar un clima, crear un personaje, pensar una cuestión”.
En la crónica el periodista aprovecha la potencia del texto, la fuerza de la palabra escrita. El cronista narra los hechos con tan nivel de detalle que los lectores pueden imaginar lo que sucedió. A medida que avanza la lectura se construye mentalmente un escenario plagado de lugares, olores, sabores, situaciones y personajes. Una foto, una infografía no tienen posibilidad alguna de crear un clima. La palabra por el contrario cuenta con una fuerza avasalladora para construir, evocar, reflexionar, sugerir, soñar.
La peculiaridad de la crónica consiste en la introducción de elementos de valoración e interpretación por parte del cronista. De igual modo ocurre con el reportaje o la entrevista, cuyos géneros también presentan un valor interpretativo.
La interpretación le aporta especificidad a la crónica, ya que el gran protagonista no es la información en sí,  sino la forma como el cronista interpreta la realidad de la que es testigo.

Periodismo en primera persona

La crónica tiene una enorme carga de subjetividad. Hasta el cansancio se ha tratado de equiparar objetividad con honestidad y subjetividad con engaño, pero, ¿acaso no es un ser de carne y hueso quien escribe las historias?
El cronista se sumerge a fondo en lo que va a escribir, en la piel de los personajes, esa acción reporteril es racional y emocional. En la crónica existe un yo, una primera persona. Los detractores de la crónica sostienen que la primera persona le quita autoridad a lo escrito, prefiriendo la prosa informativa: despojada, distante, impersonal. Pero un texto en primera persona le dice al lector: yo estuve allí  lo vi, lo viví  lo supe, lo pensé. No obstante, cuidado, cuando el cronista habla más de sí que del mundo, deja de ser cronista.
La primera persona en la crónica no tiene siquiera que ser gramatical. En este género es imprescindible que se escuche la voz del periodista, el lector debe percibir que un ser, tan humano como él, es quien le echa el cuento, narra la historia.
El cronista es un cazador en estado de alerta permanente, al acecho de historias  que puedan saciar su hambre de escritor.
El cronista mira un hecho, otros tan solo lo ven. Mirar es “dirigir la vista a un objeto”. Ver es “percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la luz”.
El cronista mira, mira y vuelve a mirar, busca y aprende, actitudes conscientes y voluntarias que le permiten contar un hecho con magistral destreza.
La magia de una buena crónica está en saber contar una buena historia, con un lenguaje sencillo, eficaz y claro. La crónica debe estar redactada en un lenguaje entendible para toda clase de lector.
Es mejor utilizar verbos que adjetivos.
El periodista, en la narración de una crónica, se vale de un lenguaje más expresivo e incluso llega a elaborar un estilo personal.
La periodicidad con la que figura en prensa también identifica a la crónica, ya sea por el tema que presenta, o bien por el periodista que firma. Como resultado de esta continuidad se crea cierta familiaridad entre el cronista y el lector, lo que hace posible que el periodista puede escribir en un estilo directo y desenfadado, a diferencia de la redacción de una noticia.

Diferencias entre la crónica y la noticia

La crónica y la noticia tienen rasgos similares pero también diferencias notables. Por un lado, la similitud entre ambas radica en que son formas de narrar propias del periodismo. Sin embargo, cada una tiene una forma y una finalidad exclusiva.
La crónica sirve para descentrar el foco periodístico. Mientras que la noticia sintetiza lo que sucedió y se limita a describir los detalles de una información determinada, la crónica lo pone en escena, lo ambienta, sitúa, piensa y narra con detalles.
Los textos en prosa informativa son cadavéricos, famélicos, bulímicos, extremadamente cortos. La crónica por el contrario es robusta, extensa, nutrida, cada palabra alimenta a un lector hambriento de más y más texto.
En la prosa informativa el informador escribe: “la escena era conmovedora”. El cronista construye la escena para conmover.
Estructura de la crónica
El cronista también tiene libertad para seguir el orden que le interese según la intencionalidad de su mensaje. La crónica permite experimentar estructuras arriesgadas y diferentes. Estas estructuras no suelen ser lineales ni cronológicas. La crónica puede avanzar contando la historia desde diversos puntos de vista. Su éxito dependerá de la habilidad narrativa y del manejo de las técnicas literarias de las que disponga el cronista.
1. Pirámide normal: Siguiendo al pie de la letra el armado cronológico. En este caso el relato crece hasta el desenlace.
2. Martillo: Resume la información principal en las primeras líneas y luego relatando secuencialmente los hechos.

Tipos de crónicas periodísticas
Crónica policial: Las crónicas policiales cuentan los detalles de hechos relacionados a sucesos delictivos y a las actuaciones de las fuerzas del orden en tales hechos. Un ejemplo sería el relato narrado por el cronista sobre acerca como los efectivos de la policiales llevaron a cabo un allanamiento en un determinado lugar.

Los tipos de crónicas periodísticas más comunes son la:
Crónica política: Son aquellas caracterizadas por contar los pormenores de un suceso o acontecimiento de relevancia dentro de la esfera política.
Ejemplos frecuentes de crónicas políticas serían los relatos de asunción a los gobiernos de los mandatarios políticos, la crónica de una particular elección de un país, una reunión entre referentes de un partido político, entre otros.
Crónica social: Son crónicas que relatan de manera secuencial cómo se produjo un determinado evento social. Ejemplo: La crónica referida a la apertura de un nuevo club social.
Crónica deportiva: Las crónicas deportivas son aquellas que se encargan de narrar cuidadosamente como se llevó a cabo un particular evento deportivo.
Ejemplo: La crónica que relata cómo se vivió un partido de fútbol.
Crónica de viajes: Aquellas crónicas que cuentan en forma pormenorizada lo que significó el viaje a un lugar determinado y la experiencia que supuso conocer el mismo.
Crónicas de corresponsales extranjeros:
 El corresponsal fijo en una ciudad extranjera es el periodista que el medio destina a un determinado país para obtener una información completa, y en muchos casos exclusiva, de lo que allí pueda suceder. Este periodista que actúa como corresponsal debe conocer perfectamente todos los elementos políticos, culturales, económicos, etc, del país en el que va a trabajar para poder interpretar correctamente las informaciones que allí se producen. También debe esforzarse por ofrecer crónicas que contengan informaciones exclusivas o enfoques propios no facilitados por las agencias de noticias u otros medios de comunicación.